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III I Maurita ni el doctor parecieron darse por enterados. Sólo el individuo zanquilargo, vestido de Mefistófeles con un traje harto de rodar por las guardarropías de provincias, manifestó cierta inquietud prontamente reprimida. ¡A la delega Y ¿por qué? -preguntó con acento que quería ser firme. ¿Está prohibido, acaso, vestirse en Carnaval de máscara? -Mira tú, Sitesos- -respondió uno de los guardias, apellidándole sin duda por su nombre de guerra, -no nos vengas con andróminas. Acuérdate del robo de la relojería de la calle del Prado, en que te sirvió de tapia esta prójima; haz mutis y vamos á lá delegación. Maurita, al oirse llamar esta prójima después de haber escuchado lo del robo de la relojería, puso primero una cara indescriptible de asombro, y al fin rompió en llanto, gritando desesperadamente: Nacha! Nacha! como los niños que tienen miedo. Los guardias, notando la sinceridad de aquella desesperación, se miraban estupefactos, lo mismo que si comprendiesen que allí había algo extraño, algo que se escapaba á sus previsiones y deshacía sus planes policiacos, mientras el doctor, acercándose á la desolada joven, le decía paternalmente: No llores, Margarita! Yo, que he estudiado en vida la anatomía del dolor abriendo con mis bisturíes los cuerpos de cien animalillos para estudiar las contracciones de los músculos y hasta los retorcimientos de los nervios, sé que no hay más que una pena muy honda, muy penetrante, sin bálsamo. ¡El dolor que f causa amar á quien nos enga a; la horrible I srtura de los celos! ¿Amaste á algún hombre que -M -r injBmi- y Jrj i- fj i iiiwmri ji 3 traicione? Y Maurita, acordándose de pronto de Fernando, edoblaba sus lágrimas y sus sollozos. A todo esto, I Huesos, advirtiendo la estupefacción de los guardias, se crecía, esclamando malhumorado: -jEstá visto que ya no se puede ser en Madrid persona ivada! ¿Que quiere uno divertirse en Carnaval vistiendo ci mamarracho? Pues salen dos guardias de debajo de I r. i y se lo impiden. -i xea el Huesos ó no lo eres? -le preguntó el guardia de peor genio acercándole un pufio á los ojos. -No soy él Huesos, que soy Antonio Pérez, -exclamó Mefistófeles, como si respondiese al mismo Felipe II. -Pronto lo hemos da ver- -replicó el guardia. Vosotros habéis salido de una taberna de la plaza de Santa Ana. El tabernero os conoce. Vamos allí. Y casia empujones los sacaron á los tres de la casa. Maurita, llorosa; Mefistófeles, inquieto; el doctor Fausto impasible y pisándose la hopalanda en cada escalón. Hiciéronlos montar en el coche de punto que había conducido á Maurita, colocándose un guardia en el interior y otro en el pescante, y se puso en marcha el ruinoso vehículo, quejándose con todos sus hierros, maderas y vidrios. Al ganar, como bajel náufrago, las calles céntricas, ya muy entrada la mañana, encontrólas invadidas por la locara carnavalesca. Maurita, á través de las lágrimas, veía flotar en el aire millonea de papelillos multicolores, y en el cristal del carruaje pegaban á cada momento las serpentinas. Cien y cien voces discordantes llegaban á sus oídos entre el lastimero crujir del carruaje, y la infeliz, mareada, casi enloquecida por sus emociones, por el temblequeo de los confetti y por los mil rumores de las calles, acercó su linda boquita á la oreja del doctor Fausto y le dijo: -Sí, padre Blas; yo le amaba. Yo amaba á Fernando, y el malvado me engañaba con otra. Esta mañana lo he sabido. No hay dolor como ese! No hay dolor como ese! respondió el doctor Fausto, convertido por obra de la alucinación de Maurita en el padre Blas! Yo he abierto en vida con mis bisturíes los cuerpos de mil animalillos para estudiar las contrac clones de sus múículos, el retorcimiento de sus nervios no hay dolor coméese! Querer y no ser querido... ¡no hay dolor que le iguale! Escucha, Margarita, hija mía, continuó con voz dulce; yo amaba lo mismo que tú, y la infame en quien deposité todo mi cariño como se pone un ramo de rosas en el búcaro de más fino cristal, me engañaba villanamente. ¡Qué deliciosos días pasé á su lado mientras ignoraba sus traiciones! Era entonces mi nombre famoso, solicitábanme todos los clientes ricos de Madrid, y se me aclamaba como príncipe de esta ciencia que hoy sólo ejerzo buscando el retorcimiento del dolor por medio de repugnantes vivisecciones. Me engañó; aquella mujer adorada huyó de mi lado, truncó mi vida. Aborrecido de todos, rodé en la miseria Por mi cerebro pasaron los años de golpe. Era joven, y el dolor me amaneció viejo... Soy un