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ífe t? i f S B s i i rc i- ei- iliis- iMiiíw, el liiliio ptico, Míiiiciizco, pciidiMite sobre la barba, ¡Üh, divina aparicionl- -excJamó el sabio, atrayendo con ademán y mirada á la joven y tomándola blandamente de la mano; -te esperaba: estaba certísimo de que vendrías. Me lo había asegurado Mefistófeles, que no me engafia; y para entretener la espera, estaba tarareando tu balada favorita. ¡Eres tií, Margarita, eres tti! ¡Ah, qué gozo! No sabes, no puedes saber cónao y cuánto he vivido desde entonces; tanto, tanto, que ya me ves, otra vez envejecido, hecho una lastimosa ruina, á pesar de todas las artes infernales de ese maldito Mefisto. Pero ya estás aquí tú, tú, Margarita mía, que eres la mocedad, la vida lozana, grandiosa y alegre, la gavia de la humanidad caduca, el amor perenne, triunfante, inmortal Y, en efecto, al pronunciar aquellas ardientes frases, la voz del viejo, que comenzó apagada y carrasposa, había ido adquiriendo tonalidad, vibración potente, calor de juventud, y aquello que era hablado sonaba á música, pero á una música lejana, de indefinible encanto, á una melopea simple y primitiva, libre de las impurezas del teatro y de la representación. Y mientras tales cosas decía, el doctor Fausto había arrastrado suavemente á Maurita á un gran salón en que había de todo: estudio de pintor ó escultor, laboratorio de químico y museo de ciencias naturales, si bien todo en lamentabilísimo estado de incuria y suciedad. Los espantados ojos de Maurita, más bellos aún porque aparecían velados por la emoción ó por lo que fuera, vagaban por todo el ámbito del destartalado aposento, fijándose en una mufla de cerámico donde ardían carbones rojísimos, tan rojos como ella no los había visto jamás; ó deteniéndose en la conocida estatua en yeso del hombre desollado que suele andar por estudios y cuartos de estudiantes de medicina; ó posándose con verdadero terror en una mesilla de mármol sobre la cual brillaban siniestramente bisturíes, pinzas, escoplos de operar, serruchos y trépanos, junto á media docena de ratones y murciélagos despanzurrados y abiertos en canal. Más allá, ocupando todo un testero de la sala, una tabla larguísima sobre palomillas sostenía gran porción de tiras de papel amarillo, verde y rojo, de las que sirven para adornar los vasares de las cocinas; al extremo de la tabla, dos ó tres botes de pintura roja y unas brochas denunciaban el trabajo rudísimo y mal remunerado con que se ganaba la mísera existencia el anciano doctor, que también tenía manchas del mismo color de minio, abandantemente repartidas por la hopalanda y el gorro, y aun por las barbas venerables. Todo esto lo observó con profundísimo asombro Maurita, que ya empezaba á serenarse y á hacerse cargo de las cosas y á sentir un miedo indescriptible, pero que aún no se atrevía á hablar porque se 1 trababa la lengua, y á las ideas que á la mente le acudían les faltaba la consistencia necesaria para hacerla proceder con relativa cordura. Mientras tanto, el doctor la contemplaba extrañado, como se contempla una obra de arte purísimo; y en realidad la cosa lo merecía. El ajetreo de la carrera y la agitación inexplicable en que había pasado Maurita aquella mafiana, la habían puesto guapísima. Las crenchas castaSas, mal sujetas de prisa y corriendo, se habían desbordado, rompiendo la liviana sujeción del velillo, y la acariciaban los hombros; la llamarada que antes la enrojeciera el rostro iba apagándose y convirtiéndose en rosácea aureola, suave, como colorida al pastel; los ojos brillaban aún más de lo justo, pero recobrando la inteligencia, rebuscando afanosos por el espacio la lógica perdida, inmensamente abiertos en una interrogación ansiosa No ya el doctor Fausto, que según los vecinos era loco de atar, pero el hombre de cabeza más firme hubiera perdido el tino ante aquella hermosura tan fresca, tan inocente y deseable. -jMefisto, Mefisto, Mefistófeles! -gritó con descompasada voz el doctor, -ven, ven pronto. Mírala y cae de rodillas ante ella; y tú, divina Margarita- -y esto ya lo dijo tarareando muy bajito, pero con afinación, -dami ancor, dami ancor contemplar il tuo viso Y cuando estaba en lo mejor de la trova, por una puerta excusada apareció un hombre flaco y zanquilargo, vestido de Mefistófeles, ¿qué digo? el propio Mefistófeles, al flanco Vaciar, la pítima al capel, etc. etc. Y en pos de Mefistófeles venían á escape, sin aliento, dos individuos contemporáneos: el número 137 y el 2.63 á del Cuerpo de Seguridad. Uno de los cuales, tendiendo una mirada por la habitación, exclamó: ¡A. h, pillu! ya pareció la prójima. La tenías encerrada Y el otro gaardia soltó con voz aguardentosa la frase sacramental: -Ea, todos á la delega. Y de prisa. F. NAVARRO Y LEDESMA jjgt