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A la puerta paró un coche; el tabernero cruzó la trastienda, y con los nudillos dio en la puerta del fondo discretos golpes. Abrieron á po co; la claridad de dentro arrojó un chorro de luz á la trastienda Maurita se encogió estremecida, agazapándose y plegándose al rincón loiicuu maunia se Del cuarto iluminado salió una mujer con pañuelo de seda á la cabeza, que le recataba el rostro aún más r i a n a azuW r X T l T í b c o n donaire y garbo. Tras de ella salió un hombre embozTdo en capa azul y sombreados frente y ojos por aludo cordobés nsííont! Se oyó el l TM portezuela rodar de un coche celos óel empedradoempujaba á rudos empellones. nt. Z cerrar de una T y el despecho, sobre vino, que la Maurita, sin ver ni pensar en el hostelero, salió á la plaza, y al acudir aquél presuroso y acelerado iba va Ztr oaZZ ZZjf instintivamente con la blondl de la ma ¿tma L! í l t S í l e r a r d r q 7 r t s arreaba. Pi. Pasó un coche alquilón y se zampó en él, ordenando seguir de cerca al que por delante huía. Rodó por calles y más calles; eran parajes desconocidos. El traqueteo del desgonceado carruaje hacía coro al fragor de su m 1 l t K í e la resobada berlina veía como en panora f v! f f rf t y Pl i o importa, adelante! ¿Y Nacha cuando vuelva? No importa, adelante. ¿Y si va á casa? No importa, adelante. Y este simón, ¿quién lo paga? No impor ta, Maurita, tú adelante, adelante, adelante. impor FEANCISCO A C E B A L II tlW on h jl- cuántos Siglos de carrera loca una hora y tres cuartos, según la cuenta del JL SSC chero) el stmon en que iba Maurita paró en una callejuela estrecha, hedionda, empedrada á tro zos: como que pertenecía al populoso barrio de las Injurias P uxciud, a tro n, n Tp n? l r i minutos antes, internándose en una casa grandota y negra descanso corralones circunvecinos, erguida como el centinela de una kabila marroquí entrjgadf ai Tambaleándose, con vértigo extrañísimo que envolvía en una tela azul salpicada de estrellas y puntos dorados flotantes en el espacio todo cuanto ante sus ojos se ponía, Maurita penetró en la I casa por el entreabierto postigo de una gran puerta cochera; siguió, apoyándose en la pared de cal ahumada, embocó un corredor obscuro que terminaba en derrengadísima escalera, y cuando empezaba á subir oyó el portazo con que la pareja perseguida cerraba uno de los pisos altos. Sít l S j Maurita, con el instinto de calculador malo que gastan todos los que en su situación se hallan, se aferró á la idea de que el portazo había sonado en el piso segundo, y convencida, segurísima, ¡hala! trepó con agilidad nerviosa por los desiguales peldaños. Pronto se halló frente á una puerta de cuarterones pintados de amarijlo, tras la cual oyó algo que dejó absorta, clavada en el suelo por el estupor, á la pobre muchacha. Entre las tinieblas que nublaban su cerebro, se abrió paso como un rayo de luz venida sabe Dios de dónde, aquella música sentimental, de arrebatador encanto, que tan familiar le era, que le hacía volver á la razón por un instante, recobrar su personalidad perdida, anegada en aquel rapto de demencia. ¿Qné música era aquélla. Dios santo? ¿Por qué la oía en aquel sitio? ¿Cómo había llegado hasta allí? Maurita aplicó el oído á la puerta, y á poco, luchando con la torpeza de su cacumen pudo reconstruir el pasaje. ¡Toma! pues si era la balada del Fausto Era un ré, un ré di Thulé cantada con una voz ronquilia, pero halagadora, como la caricia de un viejo coscón y pegajoso. Allí- -pensó Maurita- -había misterio, y era indispensable descifrarlo. Golpeó la puerta con los nudillos, y ¡cielos! hete aquí que tras la puerta, en la penumbra de un corredor angosto y negro, se presenta el propio, el auténtico, el legítimo doctor Fausto, con su gran hopalanda talonera, sus luenguísimas barbas blancas y su gorra tudesca de terciopelo negro: el doctor Fausto de la leyenda, centenario ó poco menos, la cara toda arrugas, los ojillos escrutadores sombreados por abundan-