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Se acercó Nacha y depositó en el de su señorita un recado breve, pe: señorita ni dio respuesta; alucinada, i sa por la visión de la máscara y el b cho, torturaba su mente en el empefi descifrar el obscuro enigma por ella ma forjado y caldeado. Sentía todo su cuerpo en tensión vii ta, y el fervor se disipaba, como esp- i- L volátil, de su alma, dejándola reseca y abrasada por ansia ardorosa, escozor mundano. -Vamonos, Nacha; me siento mal, no sé qué tengo. Y al salir codeando entre los fieles, se decía: Es él, es él sin barba, Fernando miaüio. Ya en la calle preguntó. á la vízcainota, que estaba lela de puro asustada: ¿Tá viste al borracho? -Señorita, ¿qué borracho? Yo no vi- -Pues era, pues era. Al cruzar la plaza, tibia ya por el sol que esponjaba la tierra humedecida, Maurita miraba hacia la taberna, sintiendo impulsos de entrar en ella, registrar y preguntar al tabernero. ¿Pero cómo. Señor? Con Miss Mary, todavía, la engatuso y la engaño; pero esta vizcainota es dura de pelar. Y el casó es que era, ¡vaya si eral no me digan que no; era, era Ya sé cómo entrar. Asiéndose al brazo de la vizcaína y reclinándose en su hombro, con voz desfallecida exclamó mimosamente: -Ven, llévame allí; tomaré cualquier cosa. Si mamá me viese, valiente sustol Quita, por Dios! Ven; si no es nada esto pasa en tomando algo. Y á remolque, consternada la inocente doncella, entró con Maurita en el tabernáculo. El establecimiento estaba vacío, pero había trastienda, y allá se coló la niña, en aquella estancia lóbrega con mesas de mármol y taburetes de madera. Tomaron puesto en el rincón más obscuro, y el tabernero, en mangas de camisa, se les plantó enfrente preguntando: ¿Qué va á ser? Las dos mujeres se lanzaron con la mirada una á otra la misma pregunta. El tabernero, con aire socarrón, dio la respuesta: -Ya, ya comprendo; unos hojaldres y vino blanco. -Eso, eso, -respondieron las dos á un tiempo. Quedaron solas. En el fondo, tras una puerta cuyos resquicios filtraban la luz artificial de dentro, se oía cuchicheo de animada charla. Maurita aguzó el oído. Nacha callaba, absorta de verse en el antro tabernario. Pronto tuvieron ante sí un plato de pasteles y unas copas de recio cristal rebosando dorado vinillo, cuyo aroma trascendía acre y empalagoso. Maurita sintió invencible repugaancia ante el bebistrajo; pero la otra la incitó á empinar con la esperanza de que se recobrara; ella misma dio el ejemplo; sorbieron unos tragos. El charloteo tras la puerta se animaba y acrecía. -Ahí están- -pensaba Maurita; -pues de aquí no escapas, pillo, y más que pillo. Y se echaba al coleto rociadas de aquel vino áspero y oloroso. Pero de repente le asaltó unaidea que la sumió en desconsuelo aflictivo; estuvo á punto de llorar, y con voz queda preguntó: -Dime, Nacha, Nachita, ¿tú traes dinero? Esta sí que es la gorda! Yo sólo traía para las sillas ¿Decírselo á ese hombre? Tú estás loca. ¿Por quién nos toaaaría? Espera, espera; de una carrerita llegas á casa sí, sí; aquí te aguardo. Buena la hicimos! No subas; á Ramón ó. su mujer, que te den dos pesetas que yo estoy en la iglesia que vamos á uaa tienda Por Dios, Nacha, ven volando Dos pesetas. Nacha salió aturdida, acelerada; Maurita, sola en la taberna, miraba recelosa, amedrentada, y para engañarse á sí misma imponiéndose bríos, sorbía tragos y mascaba hojaldre. Detrás de la puerta, la parlería tomaba tonos jaraneros; de repente prorrumpían en carcajadas. La de la trastienda intentó acercarse para husmear, pero un terror invencible la clavaba al duro taburete. Pensó en llamar al tabernero y amigar con él para que cantase claro, pero tampoco; no atinaba con el comienzo; sentía torpeza insuperable para conversar con aquel hombre. Nacha ya tardaba; la inquietud, el desasosiego y el vino, encendiéronle él rostro; sentía qué sus mejiüas echaban lumbre y su 3 ojos chispas.