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í -Que espere; bueno, que espere. -No, no; al volver reñiría la señora. -Que ríBa, mujer, que rifía. -r- En el forcejeo venció la fuerza física, que estaba por esta vez al servicio de la moral. Ya se ha dicho que Ignaeia era vizcaína. Maurita se apartó de allí á rastras, con andar roncero, camino de la iglesia, en donde seguía repicando austera la campana. La impresión de at uel grupo en el espíritu de la niña, fué como la caída de la piedra en el estanque terso: hizo estrépito en él, levantó salpicaduras y después círculos sucesivos que removían la superficie. Ya á la puerta del templo oyeron que en el grupo de la plazuela estallaba un clamoreo. Las dos mujeres hicieron alto y volvieron la vista: el borracho, en pie, gesticulaba con ademán pesado; la del antifaz, llevándole de bracero, le forzaba á marchar plaza abajo; el guarda del jardincillo, con su gorra galoneada y la escoba de sarmientos en la diestra, intervenía con aire de autoridad. Parecía dispuesto á barrer aquello como quien barre hojas secas. Los tres andaban remolonamente, seguidos por la turba vocinglera. La silueta de la enmascarada, con su alba piel y su cabeza rubia, atraía las miradas de Maurita. Decididamente aquella máscara tenía porte señoril, rumbo de dama. Sí, sí; (buena estaba la gran señora, la fa jí- djíma, con aquel atavío que bajo el manto se adivinaba, con aquellos piececifes y aquel arranque de medias rosadas! La máscara, el beodo y la autoridad entraron en la taberna frontera. La niña y la doncella entraron en la iglesia. ¿Lo ve nsted? ya está el padre. -Bueno, bueno; ve tú primero, yo iré después. La de Bormeo se acercó á un confesonario en cuyo copete gótico un letrero de cartón decía: P. Blas. La spfiorita 86 remontó á la cabecera, en donde un monago le sirvió el reclinatorio; hincóse en él y en las palmas lio la mano sumió el rostro acalorado. Acurrucada allí, veía la escena de la plazuela, el grupo lupanario, con la acritud y el desentono de aquellas vestiduras relumbrantes, descompuestas y arrusadas. Veíale á él, tumbado con derrumbe de hastío y la mirada errante, embrutecida; y á ella veíala también palpitar bajo la espléndida pellica, delatando inquietud y zozobra tras el antifaz diminuto, el chispeo de sus ojos como ascuas y el temblor de la barbilla, una barba redonda, mórbida, incitadora. Sí; á ella le parecía conocer aquel pedazo de rostro menudo, de línea firme y fina No, quita, quita. Qué he de conocer yol ¿Será Celia Vargas? ¿Será la de? ¡Jesús! ¿La otra? Tiirapoco, tampoco. Vaya, vaya, que sale la misa Pero él, él pálido estaba, descompuesto; ¡es claro, valiente curda! No, mujer, ¿cómo h a d e ser, cómo quieres que sea, si hace tres días que se largó con Jolito Montes y mi hermano de caza? Si ayer escribieron diciendo que habían cobrado yo no sé las piezas Me urece que el padre me está mirando detrás de las cortinillas Sí; muchas piezas, buenas piezas; el otro es más alto, más e J 0, eso ¿El Evangelio ya? ¡Pues no corre usted poco! ¿Dónde está mi libró? ¡pAve María Purísima, qué disparate! Si no fuese por el sitio, soltaba el trapo ¿E los? ¿Manolo y su hermana? l ues dijeron que iban al de Escritores No, si no le pude ver bien; si esta Nacha no me dejó verle; si era él, él Santo, santo, santo, era él Santo Dios, Santo fuerte, era él, era él Pero grandísima tal, si éste lio tiene barba no importa; es él, es él, que se ha afeitado para darnos el mico y hacerse el santito Vamos, ¿qué apuestas á que te quedas sin misa? -Maurita abrió los párpados; hileras de luces refulgían en el altar; todo el templo estaba obscuro, entenebrecido, invitando á la meditación severa y reposada. Con el rabillo del ojo miró al confesonario del padre Blas; el confesor había descorrido la cortinilla y allí estaba en el fondo del cajón de nogal con su hábito pardo, las manos cruzadas sobre el pecho, grave, casi ceñudo, como imagen de la conciencia agazapada en otro cajón también estrecho y obscuro... La niña sintió estremecimiento de frío, una sacudida medrosa, como si las culpas le los de la plazuela fuesen culpas suyas, y desde el fondo de sn alma salía una voz que en lacrimoso tono de si iplica parecía decir á gritos en medio del templo silencioso: ¡Padre B! as, hoy no, hoy no! Pero nada; padre Blas no oía aquello; allí continuaba metido como un santo en su hornacina, rígido, inmóvil, terrible.