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ATRACCIÓN DEL MISTERIO NOVELA DE D. D, CARNAVAL D FRANCISCO ACEBAL ESCRITA POR LOS SEÑORES FRANCISCO NAVARRO Y LEDESMA JOSÉ DE ROURE Y D JOSÉ ORTEGA MUNILLA i r l estaba Maurita avispada al entrar M M Ignacia en la alcoba y abrir con gol peteo laa maderas del balcón. Igna cía, que era una vizcainota oriunda de Bermeo, alta, seca y angulosa, empezó á recoger prendas diseminadas y á exclamar con voz también seca y angulosa: -Vamos, señorita, vamos. Recado ha venido del padre que á las siete estaríamos en el confesonario. Vamos, señorita, vamos. La señorita se rebulló entre las sábanas. Un albor mortecino llenó la alcoba sin alumbrarla; era una, claridad macilenta que penetraba aterida por los cristales escarchados. ve- -Señorita, ¿oye usted? Llegó hasta la alcoba un lejano tañido, soñoliento y tiritón como la luz del alba; á intervalos percutía con sonoridad metálica, que rasgaba la atmósfera helada; á intervalos se desvanecía, como si el mismo esquilón se hubiese resquebrajado. -Bueno, Nacha, vengan las medias No, mujer; ¿te parece que voy á ir con las caladas? Tampoco, tampoco las escocesas. Eso, negras ¿Ir sin? Déjame de penitencias; comprendo el cilicio; mira, comprendo lo que hace Julia: siete enaguas hasta parecer isidra, pero ir sin ¿Qué hora es? ¿siete menos cuarto? Déjame chapuzar en agua fría, que si el padre me ve con cara de sueño Dame el corsé alto, la falda negra ésta no, que cierra por delante; la de doble vuelo... Andando. ¿Está, Miss Mary? Pues ven tú conmigo, que luego e p. i ln- ¡me n- ti. i- iii. i í: do. Quita; qué torpel tú también estás dormida; este libm C- J el de n. iua 1 uiui. Miiicr, aquellos cuatro esos. Y ahora que me digan lo que una ol: illa le fn Ao í n una c! otro di: ¿No sabes? iSeñora, ¿va usted á misa con biblioteca? La -iclc c- rrc, cnrri ¡Jr A paso vivo, arrebujado el rostro en la mantilla y nuil burradas, í i i sar dfl bazuiiin I I- J huellas del sueño, Maurita bajó la escalinata del palacio, y recibió la caricia refrigeradora de la mañana. La ciudad desperezaba su modorra; la alborada llenaba el ambiente de blancura; algunos transeúntes, á paso ligero y resonante, cruzaban con Maurita y su doncella, sombras errantes en la claridad del lento amanecer. Otra vez la esquila rasguñó el aire; pero ahora vibraba sonora y acelerada. -Señorita, último toque nos dan. Y apresuraron el paso; jadeaban calle arriba. Desembocaron en una plazuela arbolada; las copas más altas rojeaban con el primer rayo del sol invernizo filtrado penosamente á través de la bruma helada; la tierra endurecida crujía bajo los pies. Las dos hembras iban ya en marcha febril. Oon el agrio repiqueteo se cruzaron en las alturas sonrosadas los toques roncos de un reloj de torre. Maurita y Nacha cruzaron la plazuela en diagonal para atajar camino. La estatua de mármol que en el centro se levantaba, adquiría transparencias cristalinas sumergida en el blancor de la mañana; en medio de un pilón, un avechucho de bronce chorreaba hilo monótono de agua; el jardincillo entero rebrillaba con la pedrería de la escarcha. Al otro lado del pedestal de mármol vieron gente enracimada en torno de un banco. ¿Qué es eso, Nacha? -iQuién lo sabe! Un borracho podrá ser. Se acercaron al grupo, del que salían risotadas y palabrotas de mofa. Nacha quería seguir adelante, pero Maurita hizo brecha en la compacta plebe, y metiendo la cabeza entre dos pilluelos de blusa y bufanda, puesta en puntillas, llegó con la mirada al centro del corro. Un hombre tendido en el banco miraba estúpidamente á los que le rodeaban; por entre el gabán mal abotonado blanqueaba una pechera rugosa y un chaleco de piqué con lamparones vinosos; sobre una solapa negra caía una rosa mustia; la corbata, desanudada, era un cintajo flotando sobre aquel rebujo, del que salía una cabeza de varonil hermosura, pálida como la mañana, de lividez mate, con bigotillo negro y el pelo rizoso, revuelto y alborotado, que parecía humedecido por la helada. Ante él, con el abollado sombrero de copa en la mano, estaba una mujer enmascarada, con antifaz de raso negro, aborujado el garboso cuerpo en una taima de armeiina, bajo la cual asomaban dos pies bonitos, dos pies de hada con zapatos rosa, que en tal lugar y á tales horas parecían zapatitos de cristal. Nacha, cogiendo del brazo á Maurita, la arrancó del grupo. ¿E s a s cosas á qué ver, señorita? Vamonos, que esperará el padre. t