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LA IMAGEN DEL ANTIFAZ BASB un caballero y no de la Edad Media, sino de la moder jC A na, de la modernísima, de los actuales tiempos, pues para encontrar atropellos, vilezas y truhanerías, no es preciso remontarse á la época del chambergo y de la tizona, que de sobra se registran en ésta del bastón y de la chistera. So tenía el diablo por donde desecharle; desde crapuloso y estafador, hasta cobarde y descreído, lucía cuantos estigmas y baldones puede grabar el genio del mal en la frente de un pecador irredento, lo cual no era obstáculo para que ostentase un título de conde de san no sé cuántos, y tuviera un acta de diputado por no recuerdo qué distrito. Su esposa era, en cambio, un dechado de virtudes, una verdadera santa, que en los tiempos de la tizona y el chambergo hubiese sido canonizada, y á quien Dios proporcionó, de seguro, aquel marido como constante martirio para escalar el cielo. Triunfaron las virtudes sobre los vicios, y Dios prometió á la esposa mártir salvarle á su esposo, para que juntos gozasen en el cielo de la felicidad que no alcanzaron en la tierra. lOómo no había de ir nuestro hombre al baile de la Asociación de la Prensa! Allí estaba gallardo, elegante, luciendo en los botones de la pechera la corona condal, y en el descaro de su rostro todo el cinismo de su alma. A la entrada se acercó á él una mascarita que, con voz argentina, le preguntó; ¿Me conoces? Parecía hermosísima; el conde intentó alcanzarla, pero se escabulló entre el barullo del foyer con la misma celeridad que si 86 hubiese desvanecido. Durante el baile volvió á aparecérsele varias veces y á dirigirle la misma preguata, y nuevamente tornó á disiparse como una sombra. La gentileza de la máscara realzada por la ilusión del misterio, enloqueció al conde, que puso todo su empeño en buscarla, logrando dar con elia casi al final de la fiesta y asirla de un brazo. Por la delicadeza y perfección de los rasgos fisonómicos que dejaba al descubierto el antifaz, y sobre todo por la frescura de su boca pequeña y el centelleo de sus ojos grandes, adivinábase que era hermosa. Obedeciendo á los deseos del galanteador salieron juntos del baile, negándose la dama misteriosa á tomar un carruaje. El conde ni sentía el frío del amanecer ni advertía el toque de las campanas, que llama bau á la primera misa. La máscara interrumpía la gárrula conversación de su acompañante para rogarle que diese limosna á cuaatos mendigos encontraban al paso, ruego que él cumplía maquinalmente, sin mirar las miserias que remediaba. Al pasar juato á una iglesia desasióse de su brazo, y ganando el atrio velozmente, perdióse por una de las puertas seguida del conde, que no dudó en hollar el lugar sagrado por rescatar su presa. El templo estaba casi á obscuras; la débil luz de la aurora, que se filtraba por los ventanales de la cúpula, apenas si bastaba á dibujar vagamente los vigorosos contornos de la fábrica. De repente le pareció al audaz ver inundarse el templo de un suave resplandor y oír en el coro voces melodiosas, voces de ángeles, acompañadas por los mágicos acordes del órgano. Y sintió que la atmósfera se embalsamaba de un delicado perfume. Pero ¡cuál no sería el asombro del conde cuando en la ofuscación de su mente, contraída por tan extrañas emociones, creyó ver convertirse el altar mayor en un nimbo de oro y destacarse en el centro la efigie del Redentor, cubierto el venerable rostro con un antifaz, antifaz que fingía una mancha de sombra aplomada sobre la faz augustal Al mismo tiempo, y como si surgiese temblorosa de su conciencia, creyó oir una dulcísima voz que decía: f ¿Me conocesí y el pecador cayó de rodillas murmurando palabras de sincera atrición. Esta advocación del Cristo del antifaz, lo mismo que la leyenda que acabo de narraros, no la registra ningún libro santo; pero, por si acaso, no se nos debe prohibir á los pecadores, y ¡quién no lo es! que vayamos á los bailes de máscaras. No siempre se ha de ir bailando á los infiernos, y á veces donde se busca el placer se da con el arrepentimiento. EL SASTRE DEL CAMPILLO DIBUJOS DE VÁRELA