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fin era dueño de mil pesetas; feliz é independiente, pensó, como el cartaginés, abrirse incautamente, pagar á Cantalejo, y disfrutar tranquilamente de los cincuenta duros que en forma de propina le habla concedido la lista grande. Comunicó la idea á loa compafieros de café, y f aé acogida con señaladas muestras de desaprobación. Cómol le decían, ¿vasá pagar á ese tirano? ¡Nancal ¡Odio al vil invasor! (Abajo Judeal ¡El pagaré es libre en el bolsillo librel Y tales fueron las protestas y las imprecaciones, que Serafín, tímido por excelencia é incapaz de resolver por sí la cosa más iasigniflcante, sucumbió ante aquella brutal mayoría. Por unanimidad se acordó celebrar la buena suerte de Serafín organizando una solemne juerga en el baile de máscaras que por la noche se celebraba en uno de los teatros más concurridos de Madrid. Pero como no sé quién dijo que la dicha nunca es completa, no faltó quien avisase al usurero, al temible Oantalejo, de lo que se preparaba para aquella noche. Oantalejo dudó unos instantes; pensó cuál sería el mejor partido que podía tomar, y á los pocos momentos, con cierta sonrisa mefistofélica, mandó á su criado que avisase un coche El baile estaba en todo su esplendor. Serafín, á quien las frecuentes libaciones le habían hecho perder un poco la cabeza, paseaba por el salón dando el brazo á dos mascaritas, que habían adivinado en Serafín una buena cosecha. En aquel momento, una máscara, vestida con elegantísimo capuchón, llamó á Serafín, y cogiéndose familiarmente de su brazo, después de dar dos ó tres vueltas por la sala, se lo llevó, sin la más leve resistencia, al ambigú. Serafín, encantado con aquella nueva conquista, no la ocultó ninguno de sus pensamientos, y hasta para darla una prueba de confianza, la contó el lance de la lotería y su determinación de no pagar á Oantalejo. ¡Antes la muerte! decía apurando la segunda copa de Champagne. La máscara se resistía contra la terquedad de Serafín, empeñado en que se quitase la careta; pero después de larga y continuada porfía, accedió á quitársela de sobremesa. Impaciente por el deseo, llamó Serafín al mozo, y al pagar, la máscara le suplicó la dejase ver aquellos billetes nuevos que no conocía. Serafín accedió al capricho de la máscara, y cuando ésta hubo contado setecientas cincuenta pesetas, sacó un papel del bolsillo, y quitándose la careta, exclamó: -Serafín, toma tu pagaré. Ya estamos liquidados. Soy D. Melquíades Oantalejo. Serafín abrió torpemente los ojos, y al fijarlos en los poblados bigotes de D. Melquíades, cayó desplomado sobre la silla. DIBUJOS DE ROJAS