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LA VENGANZA DE UN USURERO Y en vista de que son inútiles cuantos esfuerzos he puesto de mi parte para conseguir me abonase los intereses devengados de su pagaré, que obra en mi poder, BÍntiéndoIo mucho, me veré en el duro trance de tener que proceder contra usted judicialmente, si para ésta tarde no liquida la cuenta que tenemos pendiente. Por lo demás, sabe que puede contar con ía buena amistad de su afectísimo amigo, que de veras le aprecia, Melquíades CantaUjo. Al pobre Serafín se le demudó el rostro cuando acabó de leer el feroz ultimátum de Cantalejo. ¿Cómo iba á pagar aquella tarde los tres mil reales á que ascendía el pagaré, si no tenía un céntimo? Y que el documento estaba hecho en forma tal, que no había escape. Por treinta duros qué había recibido, se comprometía, contando intereses, englobándolo todo, como decía Cantalejo, á pagar tres mil reales á seis meses fecha, y para el pago de esta cantidad afectaba el bueno de Serafín su modesto sueldo de escribiente en una casa particular, el de su padre si le reponían en su destino, la dote de la mujer cuando se casase, una modesta finca rústica de su abuelo, toda la ropa que tuviese en buen uso, y una cama camera, propiedad de la patrona de la casa de huéspedes. Además, le exigió D. Melquíades Cantalejo la garantía dé tres casas de banca y el conocimiento del gobernador del Banco dé España. Juzguen ustedes ahora cuál no sería el apuro de Serafín al ver suspendida sobre su tímida cabeza una maza tan formidable. Todos cuantos recursos intentó, cuantos medios puso al servicio de su buen deseo, fueron inútiles. Serafín, al expirar el fatal plazo concedido por el usurero, sólo era poseedor de dos reales que le había prestado la patrona para el café, y de un décimo de tres pesetas de la lotería que había de sortearse al día siguiente. Y la suerte, que á veces es justa, concedió á la víctima de Cantalejo los honores de un premio, si no de los gordos, por lo menos de los de buen afio. Cuando Serafín vio su número premiado en la lista grande, suspiró con tal fuerza, que puso en dispersión los papeles que cuidadosamente ordenaba el cajero de su oficina. Sera