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p; CüA PLlDO I AY personas que viven tan esclavas de la etiqueta, tan exquisitas en el cumplimiento de las reglas de urbanidad, que cuando hablan se escuchan con cierta complacencia para estar advertidos de la menor ligereza de palabra. Son incapaces, aun en los períodos álgidos, de mal humor de contrariedades, de pronunciar ninguna frase mal sonante, y el mayor insulto que pueden dirigir á un hombre es llamarle tremendo, y para llamarle tremendo es necesario una gran dosis de indignación. Son sus grandes preocupaciones las de no deber ninguna visita, no dejar de cumplimentar santo ni cumpleaños ninguno, para lo que llevan un buen librito, registro de todos los nombres y de todas las señas; y entre otras hondas contrariedades puede contarse la de llevar mal hecho el lazo de la corbata y la de salir á la calle con una guía del bigote más alta que la otra. Un catedrático en la Universidad de Madrid tuve yo, y lo recordarán muchos de mis condiscípulos, tan excesivamente correcto, que una tarde en los toros, increpando á un picador á quien obsequiaba el público con una pita descomunal porque no se arrimaba, todo lo más que se le ocurrió decir fué ésto: ¡Hombre insensato, ve á la fiera! Y naturalmente, lo de insensato, por no entenderlo, le pareció al picador mucho más fuerte que otras cosas más serias que le habían mentado los del tendido. En otra ocasión, para despedir de la clase á un alumno inquieto y revoltoso, con reposado acento le dijo: Invito al caballero alumno á que, si lo estima conveniente, se retire. Y en punto á corrección, yo tuve UQ amigo que, en el colmo de la urbanidad, se quitaba el sombrero delante de todas las estatuas que encontraba en su camino. Otro de los aspectos de las personas cumplidas es el de las recomendaciones. Todo el mundo fía mucho en ellas, y lo primero que le dicen al sujeto que la necesita es lo siguiente: iVaya usted con esta tarjeta donde dicen las señas. Es un señor muy fino y muy correcto, que le recibirá á usted muy bien. Generalmente no sirven para nada; pero con qué galanura le dicen al interfecto: Nada; diga usted á Pérez que tomo nota preferente de sus deseos y que tendré un verdadero gusto en servirle. ¡Pues no les digo á ustedes nada el esfuerzo que supone, yendo en compañía de un señor cumplido, pretender entrar en cualquier sitio! Las reverencias y ceremonias que son necesarias para poder pasar! Nada, usted primero! ¡De ninguna manera. usted! ¡No faltaba más! Hay quien llevado de su exquisita delicadeza contesta al primer pobre que le pide una limosna, casi con lágrimas en los ojos: ¡No puedo, querido hermano, no puedo; se me desgarra el alma, pero carezco en este momento del más insignificante óbolo! ¿Y qué pobre al oir palabras tan dulces no se aleja convencido de que aquel sefior es un ángel? Además, es una garantía para todo y un admirable de recho á la comodidad. Al que goza fama de cumplido siempre se le invita primero, disfruta del mejor puesto en una mesa, en sus días recibe regalos de todo el mundo, porque sino podía ofenderse, siendo como es una persona delicada. Por eso sin duda es gente poco dada á la confianza, por eso; porque ya se sabe que al que es de confianza lo tratan de cualquier manera, le ponen en el peor sitio y le dejan sin comer si es necesario. También, y no es flojo alivio, están libres de toda calumnia. ¿Quién? ¿Fulano? dice todo el mundo. Imposiblel ¡Un hombre tan correcto, de maneras tan delicadas! ¡Mentirá! ¡Es incapaz de haber cometido lo que se le atribuye! Pero se dan casos. Conocí á un administrador de una sociedad formidable, que no se sentaba nunca por no descomponerse la linea de los pantalones, que Be marchó con los fondos que le estaban confiados, como un ser vulgar é incorrecto. LUIS G A B A L D O N DIBUJOS DB XAUDARÓ AA