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I A IDILIOKIMOIJL LI quieren ustedes una cosa que se vaya más que la diligencia, díganlo. Ese ha sido su oficio desde que existe tan incómodo armatoste; pero ahora sí que se va de veras; ahora, ó somos muy malos profetas, ó podemos decir que se va para no volver. Los artistas melenudos que vuelven á retoñar por donde quiera y que hoy se llaman modernistas, prerrafaelistas y otros motes, como en el año 30 del siglo pasado se llamaron románticos, llorarán á lágrima viva la muerte de la diligencia, ó al menos su desaparición lenta, pero continua, de las cultas carreteras de la cultísi ma Europa. Era verdaderamente sencillo, nada expuesto y de una gran comodidad elaborar unas lucubraciones pintorescas hablando del mayoral de rostro atezado, del zagal jacarandoso y dicharachero, de las muías pardas ó rojas y de los resonantes cascabeles, etc. etc. Además, viajando en diligencia, á cualquiera le podían acontecer los lances más inverosímiles, y no había necesidad de ser niagán Teófilo Gautier ni ningún Próspero Merimée para acertar á meter entre el color local de la carretera polvorienta una media docena ó una docena entera de bandidos como los que se ven todavía en algunas novelas de esas con que rellenan la prensa callejera de la Gran Bretaña las esmirriadas hijas de los olergymen ingleses, que todas, indefectiblemente, sueñan con un viaje por Sierra Morena y con unos amores lánguidos y moriscos en el Albaicíu de Granada. Bueno; pues á pesar de todos estos atractivos y arambeles pseudopoéticos con que diferentes desocupados han querido adornar á la diligencia de nuestros mayores tropezones, no es fácil describir el júbilo con que las capitales desheredadas como Almería, Soria y Teruel, han visto desaparecer para siempre ese ominoso y repugnante cajón, donde toda promiscuidad villana tenía su asiento, y todo tufo desagradable su morada, y toda desazón natural, profecticia ó adventicia, su más apropiado escenario. ¿Qué se creen los amigos del color local, que va á llorar nadie el día en que los automóviles sean más baratos, más cómodos y más seguros que en la actualidad? La diligencia resulta, á la luz de la sana crítica, una cosa absolutamente despreciable, por la sencilla razón de que es un producto híbrido, propio de las civilizaciones de transición, un ridículo quiero y no puedo inventado por no sé qué clase de burgueses acomodaticios ó de advenedizos sin gusto ni nervios. El colmo del progreso y de la civilización, no hay ni que discutirlo, es andar á pie, como andaban los griegos, nuestros maestros en la filosofía, en el arte y en el vivir con arreglo á principios. No obstante, según van poniéndose las cosas, el andar á pie será un lujo que sólo podrán permitírselo los potentados de la tierra, ínterin la humanidad no se convenza de la poquísima cuenta que le tiene el ir á escape. Mas como el andar á pie ya hoy resulta bastante caro, porque no se llega á tiempo á ninguna parte, de no poder usar el coche de an Francisco, lo que más conviene es andar todo lo de prisa que sea posible, y para eso, ¡ni qué decir tienel maldito si sirve la arcaica é incómoda diligencia, y en cambio son útilísimos el tren expreso, el automóvil y el globo dirigible de Santos Damont. Marchemos, pues, muy despacio, si somos ricos; marchemos muy de prisa si no lo somos, pues ya avisa el refrán castellano que la suerte de los pobres está en los pies; pero nunca, jamás pensemos en tomar la diligen Cia, porque no haremos nada práctico, porque la diligencia es el término medio, en cuya virtud y excelencia ya flólo creen los tontos. ENE F O T ASENJO