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i c íftS; ¡Aí ít. ESFERA ARMILAR EN EL OBSERVATORIO DE KUIÜLAI- KAN han lamentado el que en aqnel enorme amasijo de podredumbres y esplendores penetrase la civilización con la bayoneta calada. Olaro está que hubiera sido monstruoso destruir, sólo por destruir, magnificencias artísticas como el templo de Confucio, las maravillas del Palacio de verano, donde mármoles y jaspef mezclan sus tonalidades claras con las notas calientes de la vegetación, ó la originallsima pagoda de Van- chochan, joya del arte chinesco. Hubiera consti tuldo horrible profanación destruir el templo de! Cielo, ó el puente de mármol blanco de YuenMing- Yuen, ó los extraños y característicos mamotretos del observatorio, ó talar la Montaña de carbón, que domina todo el extenso panorama de la ciudad. Pero si se piensa que tras aquellos muros de loza pintada y tras aquellas cúpulas que parecen de edificios soñados más que reales, se albergan la injusticia, la tiranlay la más refinada crueldad, debe desearse y pedirse, aunque los artistas se indignen y los dilettanti se enf arrufiei que se apoye con la fuerza la obra civilizadora comenzada hace siglos por los misioneros que ocupan el Pe- Tang ó ciudad católi ca. Más de medio siglo hace que el gran Enrique Heine se estremecía ante la perspectiva de una tremenda catástrofe de porcelana. ¿Qué hubiera pensado si, como cuenta el admirable libro Pe- Al Norte se halla la ciudad tártatara (Xeé- tcheng) de casas bajas y miserables, hechas con madera y cartón pintado; de calles anchas, pero constantemente obstruidas por tenderetesy puestos volantes. En fin, al Sur se encuentra la ciudad China (Nan tcheng) la más populosa, con un enredijo inextricable de calles tortuosas y sucias. El n ú m e r o de habitantes ¿Tuién lo sabrá? Podrán ser tres millones, dos millones y medio... menos, no. Nunca, en ningún país, ha habido ni habrá un tan inmenso conjunto de grandezas y de miserias humanas como el que las murallas de Pekín encierran. De la mapa de Pekín podrían hacerse una gran ciudad de potentados y doscientas poblaciones de mendigos de lo más abyecto y astroso. Quien ha vivido años en Pekín no puede menos de reírse compasivamente de lafrivolidad y del dilettantismo de quienes EL PUENTE DE MARMOL EL TORO S I. RAUO RUINAS DEL P. LAC 10 DE VERAXO kín, escrito, impreso y publicado en Pekín por m o n s e ñ o r Favier hace cinco años, hubiera paseado por una ciudad que en todo tiempo hiede, cuyos habitantes mueren por millones de hambre y de horribles enfermedades contagiosas, y llegan al extremo de arrojar á sus hijos pequeños fuera de las murallas, cuando los ven enfermizos, para que los devoren los perros vagabundos que, una vez hartos, serán devorados á su vez por otros chinos miserables que los acechan? WHITE BLACK ORLAS DK BLANCO CORIS EL GRAN CANAL IMPERIAL