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FABULITAS EN PEOSA I.03 i D 03 XvOROB ivíAu en la misma habitación, frente por frente. El uno era un loro vivo, charlatán, dicharachero, tragón, vestido con lujoso plumaje verde que esponjaba á cada momento, sobre todo cuando podía bañarlo en un rayo de sol que á veces penetraba solícito por la ventana á limpiar la casaca de su amigo, quien le recibía con carcajadas de gusto y picantes tonadillas zarzueleras. El otro era un loro tristísimo, grave, de empaque orgulloso y autoritario, sordomudo é inmóvil: como que estaba disecado y metido en un fanal sobre una consola, en sitio adonde jamás llegaba el sol; verdad es que el astro- rey, amigo del loro vivo, hubiera tenido á menos alumbrar y querer sacar colores é irisaciones del lacio y viejísimo plumaje del loro muerto. Y sin embargo, iqué cosas de este mundol todos los habitantes de la casa profesaban, no ha de decirse que amor, pues aun esto, con ser tanto, es muy poco, sino una especie de respeto supersticioso, una veneración imponderable por el loro disecado. Era éste algo así como el más ilustre blasón, la más cara prenda de la orgullosa y linajuda familia, cuyos actos parecía vigilar con sus ojos de cristal severos, abiertos eternamente; era el ave sagrada secular, pues contaba los años por centenares, el testigo de todas las grandezas acabadas y de todos los consumidos esplendores de la mansión y de sus habitantes. Y éstos se esforzaban por conservarle intacto, inmóvil, siempre al abrigo del polvo, del aire y de toda injuria de sirvientes ó muchachos. Mientras tanto, al loro vivo apenas le hacía caso nadie; el pobre animalejo vivía solo, sin cuidados, sin más caricias que las del sol, y para que le llenasen de garbanzos la escudilla tenía que desgañitarse todos los días, y aun rebajar no poco su dignidad repitiendo algunas desvergüenzas que le enseñaba el pinche de la cocina. No era que el loro vivo tuviese envidia del disecado, ¡quiá! ningún ser libre envidia á un preso; pero en fuerza de ver á todo el mundo respetar y cuidar al otro, había llegado á creerse que él, por lo mismo que jamás lograba permanecer quieto, callado y serio dos minutos, era un cualquiera, un pelagatos miserable, mientras que el del fanal tenía en sí no sé qué poder de sugestión, no sé qué extraña virtud i; u- u dominar y atraer las voluntades. 1 cabo un día, el menosprecio en que el loro VI i) i ii! l) a, se agravó hasta el punto más sensible; por haberse marchado el marmitón que le daba comida á cambio de palabrotas, dejaron al pobre loro sin comer. No bastándole gritos, silbidos ni aullidos salvajes, surgió en su alma de loro ofendido una resolución s heroica digna de un Marat ó de un Robespierre; t i r a n d o con toda su fuerza, rompió la cadena de latón que le sujetaba una pata, lanzóse furioso contra el fanal, rompióle de un picotazo, y sacó al inerte y disecado loro con intención de devorarle mas ¡ay! entonces vio que aquella a ve ante quien se postraba la humanidad entera, era un maniquí de plumas y estaba relleno de paja seca. Moraleja. -Del loro vivodebieran aprender muchos hombres y muchos pueblos que se pasan la vida adorando loros disecados. imír m iiC F. NAVARRO Y LEDESMA DIBUJO DE KEGIÜOR