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l GO OBii U os lectores de BLANCO Y IÍEGEO ha- brán oído hablar seguramente del próximo fin del mundo. La noticia- -les habrá producido risa ó espanto, indifelítreílitiiv rencia ó pavor. Es cuestión de temperamento. Pero, indiferentes ó temerosos, hay muchos que desean conocer lo que haya de verdad en esas trágicas profecías. Vamos á exponerlo con la mayor brevedad posible. Cada estrella es un mundo lleno de enigmas sugestivos, de grandeza maravillosa, de belleza admirable. Los astrónomos se afanan, cada vez C O N S T E L A C I Ó N D E L C A R R O U O S A MAYOR con más empeño, en romper el velo de esos misterios estelares. En ello trabajan día y noche, incesantemente, con ardores y bríos de conquistador apasionado. Como que se trata de conquistar, para la Ciencia y para la gloria, los más apartados mundos! A la cabeza de ese movimiento figura el Observatorio de Lick, en los Estados Unidos. Éa un establecimiento de faadacion particular, situado en lo alto de Mont- Hamilton (California) Tiene instrumentos nuevos, los más perfectos, de potencia y grandeza maravillosas. Con ellos ha determinado los movimientos y las velocidades de niuchas estrellas. Y ese Observatorio, por el mes de Octubre último, anunció una nueva determinación de la velocidad radial de la estrella 1830 de Grommbridge. Nada dijeron los astrónomos americanos del choque, ni del fin del mundo, ni de cosa parecida; ni nada podían decir. Dijeron solamente que la estrella se aproxima á la tierra. La fantasía de algunos articulistas ha hecho lo demás. La estrella en cuestión, el astro terriaida, pertenece á la constelación del Carro ú Osa mayor, y ocupa en ella la posición que indica la figura. No la busque el lector en el cielo si no cuenta con el auxilio de algün anteojo. La estrella es muy pequeña, tanto, que no se la ve á simple vista, y sería menester una visión privilegiada y un cielo de pureza ideal para poder vislumbrarla. A un astro tan minúsculo se ha cargado la responsabilidad de la catástrofe! Hace más de medio siglo se conoce ya el movimiento de esa estrella. Argelander, astrónomo sueco, hizo notar que se movía en, el cielo, que rodaba sobre la esfera celeste. Han pasado muchos, muchísimos años, y no ha ocurrido nada, y la estrella sigue rodando... rodando bien ajena de lo que se le atribuye. Cierto que se acerca á nosotros; pero ¿llegará á este averiado planeta nuestro? ¡No haya cuidado! Hay razones indiscutibles que lo demuestran. Las principales son: Primero, que la estrella no viene hacia nosotros; segando, que aunque viniese tardaría en llegar muchísimo tiempo. Procuremos demostrar ambas cosas. Eigúrese el lector que vamos de paseo por el campo y nos sentamos á ciento ó doscientos ó más metros de una vía férrea. Puede ser la distancia la que se quiera siempre que nos permita ver la vía. A ¡o lejos vemos aparecer un tren. Avanza velozmente sóbrelos rieles, devorando el espacio, aprisionado sobre la vía. Primero dista de nosotros diez kilómetros, después ocho, luego menos. Es evidente que se nos acerca, que se aproxima ¿Correremos por eso? ¿Temeremos un choque hallándonos á cien metros de la vía? ¿Anunciaremos ó profetizaremos una catástrofe? A nadie que conserve su sano juicio se le ocurriría tal cosa. Sabemos demasiado que el tren seguirá avanzando, que pasará frente á nosotros, á cien ó doscientos metros de nosotros, lo que nos separe de la vía, y él seguirá su camino, sin choque ni catástrofe ni cosa qué lo valga. Pues lo mismo ocurre con las estrellas que tienen movimiento propio. Tienen sus carriles, su camino, su órbita, que les traza la gravitación y el impulso inicial, y de ese camino no pueden salir. Con esta circunstancia, que es de notar: al fin un tren puede descarrilar, y una estrella no descarrila jamás La estrella en cuestión, como el tren del ejemplo, no viene hacia nosotros; se acerca, sí, mas pasará por el punto más próximo, seguirá su movimiento, se alejará de nosotros y no dejará rastro de su paso. Ese es su sino en el maravilloso concierto de la creación, donde nada hay que permanezca en reposo Mas admitamos por un momento que la estrella viene en línea recta contra nosotros. En nuestro ejemplo del tren nos hemos colocado dentro de la misma vía. El choque es seguro si el tren avanza. ¿Hay peligro alguno? Veamos los datos. La estrella se mueve con una velocidad de unos 260 kilómetros por segundo de tiempo. Para nosotros es una velocidad enorme, casi incomprensible. A su lado la velocidad de una bala de cañón es la de la tortuga. Figúrese eí lector que trata de ir de Madrid á San Sebastián y que puede hacerlo sobre la estrella. Saque el reloj, escuche su movimiento, tic, tac, tic, tac. ¡Dos segundos! eso se necesitaría. Pees no importa. Tan lejos, tan lejos está esa estrella, que aun viniendo tan de prisa no nos cogería. ¡Como que tardaría en llegar más de veinticinco mil años! Así como suena, ¡más de veinticinco mil años! ¿Es para estar tranquilos? ¡Y nos habían dicho que setenta y un días! El tiempo puede comprobarlo quien quiera. Esa estrella, según los datos más recientes y más autorizados, tiene xín paralaje de catorce centésimas de segundo. (Esto de paralaje merece artículo aparte. Pues con esa distancia, la luz de la estrella tarda en llegar á nosotros más de veintidós años; ¡la luz, que recorre 300.000 kilómetros por segundo! ¿Quién quiere echar la cuenta? Verá que aún nos hemos quedado muy cortos. ¿Y quién se preocupa de lo que ocurrirá dentro de ese plazo? ¿No es verdad que estaríamos muy tranquilamente sentados en la vía del ferrocarril si tuviéramos la seguridad de que el tren no había de llegar en tanto tiempo, en veinticinco mil afios? A esto queda reducido el temido y tan anunciado fin del mundo. No haya cuidado. La estrella en cuestión no viene hacia nosotros. Se mueve, es cierto, con velocidad espantosa; pero la distancia que de ella nos separa, ¡es más espantosa todavía! F. DE OARVIC