Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
de un martillazo. Consideró luego que se encontraba ante un martirio cruento, que seguramente no cesaría mientras no se arrancara á la pobre criatura del poder de sus verdugos; pensó que vestía los arreos de la caridad, que pertenecía á una santa casa elevada para proteger á la infancia desvalida, y reponiéndose tomó bruscamente su partido. ¡Qué más desamparo, qué orfandad mayor que la que acababa de surgir en su camino! Keglamentos, condiciones, todo se orillaría. Y con lágrimas en los ojos exclamó cogiendo á la mendiga de la mano: ¿Quieres venirte conmigo al asilo? La chiquilla vaciló á pesar del recuerdo de los golpes y de las noches pasadas á la intemperie. El aborrecimiento sembrado en su espíritu al techado, que es el abrigo, pero que es también el trabajo y el orden, había ya echado hondas raicea. La hermana lo comprendió, y siempre dulce, añadió encarándose con la asilada: -Que te diga ésta si allí se pasa bien. ¡Ya lo creo! -replicó la hospicianita, testigo mudo de la escena. -Y reforzada por aquella garantía de otra niñez, y realmente atraída por la blandura persuasiva de la hermana, dejóse arrastrar la mendiga murmurando: ¡Bueno, pues me iré! II Está acostándose la mendiga. Bañada, peinada y limpia, la niña que ahora se mete en la cama, á pesar de su cutis curtido por la vida al aire libre, no parece la chiquilla astrosa ingresada por la mañana en el asilo. La lámpara eléctrica, acoplada al viejo farol, un tiempo de petróleo, que pende del techo en el centro de la gran sala encalada, ilumina la estancia por igual, permitiendo ver las asiladas en el instante en que se recogen, con el silencio y la docilidad dejadas caer en sus almas por el hábito de la disciplina. Cada una junto á su lecho ha rezado de rodillas, se ha persignado; han surgido un momento muchas camisillas blancas, muchas piernecitas delgadas, y ahora un bienestar laendito, un santo plomo va cerrando párpados y esparciendo por la habitación la beatitad de un sueño tranquilo, mientras la hermana encargada de la sección, alada y suave, con paso furtivo que no mete ruido alguno, anda de aquí para allá, escondiendo brazos inquietos bajo los cobertores, arreglando almohadas, colaborando dulcemente á la más rápida acción del reposo. Sólo la asilada nueva no se ha dormido aún. Extraña el medio que la rodea. El bienestar que ahora disfruta, el calor que la acaricia, la calma en que se siente sumergida, traénle á su mente infantil, herida por el recuerdo de su martirio, los malos tratos, las crueldades pasadas. Y se ve despedida á la calle de madrugada, tiritando de frío y de miedo, corriendo en busca de un solar, acechando si se acercan los guardias. La herma na de la sala, que ignora la historia, se acerca en aquel instante al lecho, é interpretando equivocadamente la causa del desvelo, dice á la niña acariciándola: -Vamos, duérmete, que ya vendrá á verte tu madre el día de visita. Entonces sucede una cosa inusitada que deja atónita á la hermana. La niña se incorpora, y aterrada grita temblando: ¿Mi... mi madre? Las voces despiertan á las asiladas más próximas. La beata no sabe qué hacer ante aquella furia. Por fortuna acude la vicerrectora, la misma que se encontró á la niña; se entera del lance; con su sonrisa y su pala. bra la apacigua; no vendrá nadie á verla. Tornan las cabecitas que se levantaron asustadas á hundirse en la almohada tranquilas. Es preciso no alborotar, ser buena, dormirse. La vicerrectora se siente cada vez más interesada por aquella criatura. Es la primera noche de asilo; esperará á que coja el sueño la pobrecita, rezando allí su oración nocturna. Y en su plegaria pide fervorosamente para la niña un santo don: (Dios mío! ¡Aunes tiempo! I Bori a de esa mente infantina imagen de una madre que pega, y deja caer en ella la de una madre que da besos! ALFONSO PÉREZ NIEVA DIBUJOS DE ALBERTI -J áí,