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LA IMAGEN BENDITA X le el colgante rosario en la falda con el rápido andar, aún con la primera oración del día en el pensamiento y en la frente, dirigíase la beata hacia la población por aquella avenida del suburbio, más abundante en desmontes que en casas, cuando la asilada que la acompañaba, tiritando bajo su pelerina de hospiciana, pegó de pronto un tirón al manto de la sor y la dijo señalando al montículo de un solar: ¡Mire, madre, mirel La hermana, arrancada súbitamente á su abstracción piadosa, que no la impedía caminar á escape por la fuerza de la costumbre, siguió con los ojos la indicación de la asilada y se detuvo sobrecogida de espanto. Bl piso estaba cubierto por una capa de escarcha que brillaba al sol naciente; nn nordeste glacial venía de la nevada sierra, y allí, á la intemperie, acostada en una hondura del desmonte, socavada quizás por los areneros, dormía una pobre criatura, una chiquilla del arroyo, que temblaba, sin despertarse, bajo los pingos de su ropa. ¡Se va á helar! -murmuró la beata acercándose con presteza á la chiquilla; y la sacudió suavemente diciéndola con blandura: ¡Arriba, pequefial Pero ¿estás loca para echarte así á la bartola en mitad de la calle? En el acto se despertó la chiquilla con un terrible despertar. Cargada aún de sueño, no se fijó al pronto en quien la había sacudido, y bajo el peso de la última idea posada en su cerebro al dormirse, idea negra y lúgubre, se puso en pie de un salto, gritando con voz trémula, aterrada: ¡Me iré, me iré! ¡lío me pegues, por Dios! Luego, espabilada ya, reparó la chiquilla en la beata y se quedó confusa, como arrepentida de haber hablado tanto, mirando á la hermana con unos ojos ingenuos, en los que, á través de las malicias prematuras aprendidas en la calle, resplandecía la luz purísima de los ocho años. La sor, con el instinto del dolor, adquirido en una vida entera consagrada al sufrimiento, presintió la tragedia, y antes de que la niña pudiera reponerse, la preguntó: -Pero ¿quién te pega, muchacha? Al rostro de la chicuela asomó un terror inmenso, y á borbotones, arrastrada por un deseo imperioso de borrar su espontánea declaración, exclamó con recelo: asssa ¡Nadit uadit i r. n k ra que lo he dicho! ¡Pero algo habrás hecho para que te castiguen! -añadió la hermana persiguiendo el esclarecimiento del misterio. El recuerdo de su desdicha debió recrudecerse en aquella almita condenada á perderse, pero que aún era buena, con la bondad inconsciente del principio de la vida. Impúsosele, pues, á la chiquilla su niñez, y rompió á llorar murmurando: ¡Yo qué culpa le tengo de que, con tanto frío como hace estas noches á la salida del teatro, nadie quiera sacar la mano del bolsillo! A q u e l l a s espontáneas palabras fueron una luz que iluminó de pronto una sima tan tenebrosa, que la beata sintió correr por su sangre un frío mil veces más glacial que el de la atmósfera, y decidida á hacer algo por la mendiga, la dijo acariciándola: -Vamos, sosiégate. Dime cómo te llamas y dónde vives, y yo te acompañaré y hablaré á tus padres para que no te peguen- ¡Ño, no! -le atajó con prontitud la chiquilla. -Volverán á mandarme á pedir por la noche, y si no llevo ná volverán á icir que me duermo en las puertas ó que me lo gasto en café caliente, y me cascarán otra vez y me echarán á dormir al raso. Le castañeteaban los dientes á la niña á la vez que soltaba toda su cruel relación. Familiarizada estaba la beata con las precocidades de la calle, hijas de la miseria, que odia cuanto es candido y puro; pero aquella consciencia infantil del medio en que vivía prodújola el efecto 4 í. efi rr á sns espaldas envuelto en la fría el asilo, sol con su (EJANDOballicio de muchas criaturas; muybruma de la mañanadel amplioque despertaba algolpeándoalegre echada la capucha manto de sierva, f