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REYÍ: IVJLCIOM N la solemne fiesta de aquel primera comunión de colegialas, Ecapilla lució todas sus galas día, la y el sol de Mayo toda au alegría. Del órgano las últimas escalas, un acorde buscando de reposo, anunciaban elfin: y las señoras con un bullir de abejas zumbadoras invadieron la vasta sacristía. En ella el aleteo rumoroso de abanicos, las risas placenteras, los cuchicheos, el crujir del raso, los saludes al paso y el chocar de rosarios y pulseras fueron creando femenil ambiente: la vieja sacristía, de repente, perdió su aspecto monacal y serio. Entreabriendo las madres con misterio el tapiz, contemplaban afanosas el bando de nevadas mariposas posado en el florido presbiterio; y después, y- -disculpable irreverencia- -comentando tardanza inoportuna, en palabras y gestos su impaciencia todas mostraban Todas, menos una. En un rincón erguía solitaria el arrogante busto, inmóvil, en postura estatuaria; au rostro, de belleza tentadora, profanaba artificio de mal gusto, y el lujoso fantástico atavío, de costosas alhajas recargado, era impropio del sitio y de la hora. Cuando ella apareció, con un desvío ya claramente hostil, ya disfrazado, de su contacto se apartó la gente y en torno suyo se formó el vacío; así se suele huir del apestado; al pasar por su lado, una señora recogió prudente con la enguantada mano el amplio traje, y algunas vocea murmuraron: ¿Cómo se educa gente aquí de tal linaje? La intrusa, sin perder extraño aplomo, (tal vez á los desdenes avezada) resistió la marea del ultraje; y sostuvo de todos la mirada, la pública opinión desafiando Encubría su calma un odio intenso que echó en su corazón fuertes raíces. Porfinse descorrieron los tapices; un olor de azucenas y de incienso reinó en la estancia; el bullicioso bando de mariposas de color de nieve, con los revuelos de la gasa leve la inundó de reflejos argentinos, y sellando los labios purpurinos que se esforzaban por ahogar formales la loca risa y los alegres trinos, estallaron los besos maternales. Ella también ¿Acaso no sentía como todas el ansia de dar suelta en caricias sinfiná su ternura? ¿Sus derechos de madre quién podría negarla ni su parte de ventura? Cruzó el recinto en actitud resuelta y se acercó á su hija. La inocente, con gravedad que en la niñez encanta, buscando el beso levantó la frente y entreabrió sonriendo dulcemente los labios que tocaron la hostia santa. i r Pero aquella mujer que su arrogante mirada lanzó á todos como un reto, emocionada, muda, vacilante, bajó entonces los ojos con respeto... Quiso hablar lo impidió rara congoja; se vio á sí misma, y comprendió al instante. Sintió de la conciencia el rudo golpe J en su mejilla, que se puso roja, y un dolor en el alma muy distinto á loa que engendra el odio y más agudo. í, Lo que el desprecio revelar no pudo, la revelaba el maternal instinto. Al levantar con ademán pausado- los ojos, en au rostro avergonzado la m iada de todos halló fija, y lo cubrió con el encaje espeso, al aire dando el codiciado beso por no rozar los labios de su hija. r D I B U J O DK M E N D A Z BRINGA