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fi; 1 4 1 CALENDARIO HISTÓRICO 27 de Knero de 1756. Nace Mozart. ONOCiDÍsiMA es la historia maravillosa de la infancia de Mozait: por docenas pueden contarse los cuadros y estampas que representan al niño prodigioso ejecntando, á los cuatro ó cinco años, composiciones suyas ante un concurso de casacones y de pelucas empolvadas que tiemblan de emoción y de asombro. Muy vulgar es también la leyenda del odio que todos los músicos más famosos de su época tomaron á la milagrosa criatura, que parecía llamada á destronar todas las tiranías musicales aun cuando estuviesen tan arraigadas como la de Piccini y la de su rival el caballero Glück. Hasta á este ilustre autor del Orfeo llegó á preocuparle el chiquillo de Salzburgo, que recorría en triunfo todas las cortes y admiraba á todos los aficionados de Europa. ¿Era que Mozart trajese algo completamente nuevo á la música? Hoy día puede afirmarse resueltamente que no, después de conocidas y estudiadas, por no citar otras, las obras de los dos patriarcas de la música: Bach y Haydn. Pero no cabe negar ó desconocer que Mozart fué el precursor de Beethoven, como San Juan lo fué del Salvador del mundo. Y así como San Juan representa la palabra que se pronuncia al ir á descorrerse el velo del misterio, y tiene un poco de los grandes profetas del Antiguo Testamento y un poco de los apóstoles de la buena nueva, los que conocen á Beethoven y después oyen á Mozart, advierten algo que éste presentía, algo que adivinaba; no ciertamente la energía avasalladora, ni el arranque poderoso del genio, que fué y sigue siendo el padre de toda música, pero sí la gracia, la ternura melancólica, el encanto delicioso de la debilidad, si cabe expresarse así, de una especie de ligereza y vaporosidad inimitab es. Claro está que las debilidades de Mozart las querrían para fortalezas y aun rudezas propias los compositores más famosos que hoy viven, todos ellos incapaces de escribir páginas tan vibrantes y apasionadas cómelas del Don Juan, ó las de La flauta encantada, ó acentos dolorosos tan emocionantes como los de la conocidísima Misa de réquiem, que fué su última obra y la que le llevó al sepulcro. Conocemos á Mozart en España por el Don Juan, por la Misa y por algunas sinfonías y sonatas que han ejecutado las Sociedades de Conciertos y de Cuartetos. Aquí, aplastado por las enormes figuras de Beethoven primero y de Wagner después, no se le ha estimado como en realidad merece. En Alemania aún se le concede la atención debida; en Francia suelen mezclarse sus obras, en los programas de ccnciertos, con las vulgaridades de un Massenet ó de un Lalo cualquiera. Más, mucho más merecía aquel hombre ilustre y desgraciado, en cuya existencia no se encuentran más satisfacciones que las que su arte le proporcionaba; pues celebrado y agasajado por todo el mundo, jamás pudo, sin embargo, tener un día de descanso y de tranquilidad; envidiado por los de su oficio, vivió de la gloria y de la envidia ajena, pues sus obras le produjeron poquísimo dinero; enamoróse y fué desdeñado; se casó con buenlsima mujer, y no pudo apenas gozar de la felicidad conyugal, ni de ninguna felicidad tarreña, pues murió á los treinta y seis años, dejando escritas y publicadas seiscientas veintiséis obras. De haber vivido más, ¿qué hubiera sido? El problema es inútil. Fué Mozart de los pocos que pueden decir con el santo: cYo soy quien soy. W. B.