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-l l I K l Ut H M I M O l í 1 LA UAPILLA Si no tan orgullosa como después la pintaron, sí entonada y erguida como buena dama española, r e s u c i t ó la antigua moda de los Austrias: el tontillo, guardainfante ó miriñaque; y en los retratos que con tal atavío la repre sentan, parecía una infanta de Velázquez, con la cabeza de una de las más bellas vír genes sevillanas de Murillo. Después después vino la inevitable, la vergonzosa- -decadencia, no de la Emperatriz, sino del Imperio; poco á poco, de manera insidiosa, con sigilo, iban apareciendo, unas tras otras, las máculas y falsedades de todo aquel artificio del segundo Imperio; se fué viendo que aquel espectáculo teatral era, en efecto, muy hermoso, pero que los pueblos no son un teatro, y el emperador Napoleón III era un director de escena bastante inhábil. Estalló la catástrofe de 1870. El Emperador estaba viejo, achacoso, agotado; los políticos que le rodeaban, y que no eran sino los últimos convidados del gran festín, resultaban tan tor pes como él; los militares fracasaban, sin excepción alguna; y no era lo peor esto, sino que también fracasaban los simples ciudadanos. A la hora de la catástrofe salieron á relucir todos los egoísmos, todas las concupiscencias, todas las villanías. Sólo la Empsratriz, á quien desde las primeras derrotas se consideró con inicua injusticia como el genio maléfico de la guerra, y á quien se atribuyeron todos los desastres de que no tenía culpa, y sí los hombres imprevisores, corrompidos y malos patriotas; sólo ella tuvo fe y esperanza, que no en vano había nacido en la tierra donde no se retrocedía; y si no podemos creer que ella se forjase ilusiones acerca del éxito de ia empresa, tampoco puede negarse que impulsó á todos, y el primero su marido, á que cumpliesen con su deber de caballeros, y entregó á su liijo, niQo de pocos afios, á las balas enemigas. Luego vioieron todas las angustias y todos los dolores: el destierro, el abandono, la odiosidad terrible del pueblo derrotado, que lanzaba sus injurias, por boca del poeta de Los castigos, contra la pobre señora desolada. Pero aiin la quedaba más que sufrir; aún la quedaba la suprema tristeza de verse ya viuda y sola, sin más apoyo que el de su hijo, ya mancebo, y cuando éste servía ya para soldado, como hijo de grande española, enviarle á una guerra urdida por la rapacidad inglesa, mal disfrazada de afán civilizador, y llorarle muerto en una escaramuza vulgar á manos de salvajes. ¿Qué de extrañar es, pues, la vida errante y desconsolada que la ilustre dama lleva, recorriendo el Mediterráneo, posándose á temporadas en la costa azul ó en las de Andalucía, paseando sos tristezas y sus recuerdos? De c a d a uno de estos viajes vuelve á descansar á Inglaterra, á su castillo de F a r n b o r o u g h junto al Monasterio de Be nedictinop, en cuya capilla reposan los restos del padre y del hijo desventurados. Lo q u e en esas sus soledades melancólicas sentirá y pensará al revolver sus recuerdos la ilustre dama, bien digno sería de conocerse y publicarse. Esperemos, pues, las Memorias de la emperatriz Eugenia. WHITE BLACK C A S T I L L O DK F A K N B O R O U G H ENTRADA D E L CASTILLO Y JARDÍN DEL CONVENTO DE BENEDICTINOS