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FIGUEAS DEL PASxlDO N España, y también en muchas par yl ¡L tes de Francia, en los sitios á donde no llegó la leyenda del odio nacional, ó donde éste se ha extinguido, aún se llama la emperatriz Eugenia, como cuando existia el Imperio francés, á la ilustre señora doña María Eugenia de Guzmán y Portocarrero, marquesa de Árdales, de Osera y de Moya, condesa de Teba, de Ablitas, de Baños, de Mora y de Santa Cruz de la Sierra, y vizcondesa de la Calzada. Pocos seres humanos habrán podido apreciar mejor que esta desgraciada señora lo poquísimo que valen y en que apreciarse deben las grandezas y los esplendores de la tierra. Pocos habrán sufrido un desengaño tan terrible, tan fundamental; como que no fué sólo el desengaño de una persona, la desilusión de una familia, sino también la caída y la decep ción de todo un pueblo, el más ilusionado y el más entusiasta de la tierra. Criada entre grandezas, educada en el trato y la conversación de aquella espiritualísinaa sociedad que se reunía en el salón de su madre la condesa de Montijo, salón de que tanto han hablado cronistas é historiadores, y en donde se conservaba la tradi ción de la cortesanía y de la delicadeza más noble y más castiza, la hermosísima joven no había nacido para menos que para subir al trono más rico y más agitado de Europa, y para influir en la política del (mundo, y para engrandecer á un pueblo, y para guiar á los hombres por el camino de la prosperidad y de la dicha. Su aparición en París el 80 H E M P E R A T R I Z E U G E M A E N 1 S 54 C U A D R O DE W I i N T E R H A L T E R LA de Enero de 1853, el día de su boda con Napoleón III fué, segáa testigos de la época, algo fantástico y grandioso. El Em perador, á quien todos entonces creían omnipotente, había elegido compañera por amor, no por razón de Estado, y la deslumbradora gentileza de la Emperatriz brilló extraordinariamente en a q u e l l a corte, donde se desplegó fausto y ostentación superiores á los conocidos aun en los días de Napoleón el Grande. A las señoras aficionadas á esto, es decir, á todas las daEMPERATRIZ E N 1 8 5 8 mas en general, recomendamos que lean la crónica de aquellas riquísimas bodas, y se las hará la boca agua. El rasgo generoso de la Emperatriz, que entregó á las Casas de Maternidad un millón que su esposo la había regalado como arras de las nupcias, llevó al colmo el entusiasmo popular. En pos de aquellos días vinieron años y años de grandezas inenarrables; el París viejo, nució y triste de las revoluciones y de las barricadas iba desapareciendo; Francia ectera prosperando; una sociedad nueva y biillantísima formándose quizás, y sin quizás, de una manera más rápida y deslumbradora que sólida. Por cima de aquellos esplendores ficticios, pero sin duda refulgentes, del segundo Imperio, sobresalía la hermosísima figura de la Emperatriz; su rostro de óvalo delicadísimo, sus rasgados ojos, su imperioso entrecejo, su busto gallardo y arrogante, tal como nos lo presentan los dos retratos de Winterhalter, uno en tiraje de corte, otro en toilette de jardín ó de fiesta campestre. LA E M P E S A T B I Z EN 1 8 6 2