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COSAS QUÉ SÉ VAN EL B R A S E R O HljííimESDS: que existen escritores de costumbres, y ya es laiga la fecha, se lia usado y abusado hasta más ¡xSfB no poder de este amplio tema: de las cosas que se van. Ño es ninguna labor de romanos el aderezar las cuatro ligeras vaciedades consabidas, plaHendo la muerte ó la desaparición de este trasto ó de aquella antigualla más ó menos venerable, á cuya existencia supone el articulista unidos innumerables recuentos melancólicos de días pasados, y por lo tanto, mejores. Así como no ha habido más que un Jorge Manrique para llorar la muerte de su padre, y en sus coplas famosísimas parece definitivamente fijada la expresión del dolor filial, han sido bastantes loa Jorges Manriques de los trastos viejos; quién ha llorado la muerte del velón y aun la del candil; quién la desaparición del miriñaque; quién la decadencia lastimosa del cocido y de otras instituciones que aún parecían arraigadas con mayor solidez. A cualquier hombre franco, moderno, sin pecar de modernista, y medianamente sensato, se le ocurre que en todos esos trenos y lamentaciones debe de haber mucho de hipócrita fingimiento ó de escasez de asuntos que tratar. Nosotros creemos firmemente que las cosas que se van deben irse, en efecto, pues en su mayor parte ya no sirven para nada, ni reportan la menor ventaja á la humanidad; y si los lectores de B L A N C O Y N B G B O tienen pa- ciencia para tanto, procuraremos de mostrar con algunos ejemplos nuestra creencia. ¿Quién, por poco tiempo que haya vivido en provincias ó en compañía de señores y señoras mayores, no ha oído ponderar los méritos, excelencias y miríficas virtudes del brasero, de ese armatoste cuyo uso, por fortuna, va desapareciendo de las naciones europeizadas? iQué sofismas tan ingeniosos los que para defender ese que no nos atrevemos á llamar medio de calefacción emplean los señores magistrados jubilados y las señoras viudas de capitán para arribal Hay quien dice que el brasero es más alegre, más divertido que ninguna estufa ni chimenea; hay quien experimenta mayor deleite echando una firma en la ceniza del brasero que si la echara en una nómina de consejero de la Corona; hay, en fin, aunque estos casos ya sean verdaderamente raros y queden limitados á algunas ciudades arqueológicas, quien adora la camilla y considera á este chisme horrendo, antipático, maloliente é inmoral, como el sancta sanctonim de la familia cristiana y el símbolo del vivir arreglado y honesto. Por fortuna, contra los vitandos vicios, malas costumbres, enfermedades y aun muertes y fieros males que del brasero se han seguido en todo tiempo, va ya rebelándose la humanidad con una indignación bastante consoladora. Ya somos muchos los que hemos vendido, aprovechando la subida de los cobres, los venerandos braseros de nuestros ascendientes, quienes debían de tener escasísimo olfato para no percatarse de que tanto el carbón como el renombrado cisco de tahona, cuanto la vergonzante carbonilla que algunos industriales nos sueltan con el expectorante mote de herraj, son verdaderos tósigos que empiezan por adormecer con falaces promesas de calor á los pacientes, y acaban por llevarlos sin remedio al sepulcro. Y aun si esas fueran las únicas consecuencias fatales del braserol... Pero ¿y la camilla, la más grave de sus secuelas? ¡Ah, señores! ¿Habrá suficientes vocablos en nuestro rico lenguaje para condenar y reprobar la nefanda camilla, engendradora de jaquecas sin cuento y de murmuraciones y chinchorrerías sin fin, precursora terrible de la vicaría y de otros malos pasos, y sustentadora de tan ridículos y despreciables deportes como el juego del tute y la lotería de cartones? ¿Será muy aventurado, señores, suponer que el brasero y su funesta hija la camilla son dos concausas acaso las más activas y eficaces de la decadencia patria? ¡Ah, sí, maldigamos al brasero, arrojémosle á cien mil leguas de nuestros hogares, y habremos expulsado á uno de los mayores enemigos de la cultura, del progreso y de la regeneraciónl (Bien, bien en todos los lados de la Cámara. ENE DIBUJO DK AÍ. BERTI