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Pero en medio de mi duelo y de mis tristes pensamientos, he tenido un momento feliz cuando he visto pasar muy elegante y llena de atavíos á la Piñota, una yegua que conocí en casa de mi primer amo. Menos mal; á ella todavía la engalanan y la hermosean, aunque bien se ve que ya la pobre no puede ni con los cascos; porque, si mal no recuerdo, debe tener mis años; pero los lleva mucho mejor que yo. M acuerdo de la última vez que nos vimos este día y en la bendición de la cebada. Qué lustrosa era! Bien la lucía el piersol ¡En cambio, hoy nadie se acuerda de este pobre para bendecirme la cebada ni para dármela sin bendecir! He visto pasar como entonces á multitud de borricos, dóciles, humildes, siempre con su paso; á rozagantes muías muy emperejiladas de campanillas y contentas al verse libres de las reatas; á los gitanos, que un día quisieron raptarme vestidos como siempre de máscara. Todo está igual en esta calle de Hortaleza: las rosquillas, por el aspecto me parecen las mismas que entonces, y desde el punto veo la misma reja por donde bendice el sacerdote los sacos de cebada; digo que todo está igual y miento. He visto pasar dos condenados automóviles. Después de todo, no me importa morir. Preveo muy próximo el fin dé nuestra raza ante la invasión de los automóviles. Pero me ocurre una terrible duda. 8i no somos nosotros, ¿quien se comerá la cebada bendecida en el día de San Antón? ¡Me sumerjo en un mar de confusiones! En fin, quién me había de decir á mí, al héroe de San Antón en otros años, que viviría hoy olvidado en este punto de la calle de Hortaleza. Hacia aquí se dirige un señor grueso. ¡Cielos, toma mi coche! ¿A ver qué dice? Calle de Diego de León, y de prisa. ¡Dios mío, cerca de la Guindalera! Y que no me sirve de nada volver la cabeza cuando oigo una dirección lejana. ¡Paciencia! ¡Ay, quién me volviera á los felices días de potro, cnando por primera vez exhibí mi gallarda figura en las fiestas de San Antón! LUIS G A B A L D Ó N