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MONÓLOGO DE UN PENCO N año más! ¡Qué triste recuerdo tieao para mí la fiesta de San Antón! Viendo pasar por la animada calle en pintoresca caravana los enjaezados caballos braceando gallardamente, muy pagados de su juventud y de los adornos con que hoy los visten, trenzada la cola y peinada cuidadosamente la crin, vuelvo á mis días mejores, cuando era potro y sentía hervir en las venas toda la sangre andaluza de mi casta. Muy de mañana, mis relinchos de impaciencia despertaban á los mozos de cuadra, que empezaban á hacerme una minuciosa toilette, y cuando llegaba el amo, que me obsequiaba con terrones de azúcar, extendían sobre mis fuertes lomos la silla de los días de fiesta. No bien sentía sobre mis ijares el acicate de la espuela, todo mi ser se alborotaba, y al trote largo subía por la calle do la Montera, cubriendo de espuma el freno al sentir moderados por las riendas de mi dueño mis impulsos de correr libremente. Después, cuando entrábamos en la calle de Hortaleza, mi paso marcial, airoso, como si me acompañase en mi viaje el rumor de una música militar, llamaba la atención de! a gente. Luego, cuando pasábamos por delante de los balcones donde vivía la novia de mi amo, solía hacerme el rebelde, el indómito, para que mi señorito pudiera lucirse y demostrar sus habili dades. ¡Qué lejos están aquellos días de mi juventud y mis primeros trotes, de éstos en que me veo amarrado al duro acero, como dijo el poeta, sujeto á las varas de un coche de punto tan destartalado como yo viejo y lleno de achaques. Entonces, siendo inerte y ágil, sin miedo á las jornadas por duras que fuesen; sólo salía un ratito todas las tardes, más para presumir que por necesidad, y hoy que no puedo con los esparavanes, rñe toman por horas, y por horas eternas, y me obligan á trotar sin piedad y sin consuelo. ¡Esta es la vidal