Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Monólogo de una. E vistieron de ama de cría, me condujeron já la Exposición de BLANCO Y NBOEO M y me pusieron el número 2 03, sin sospechar que yo no tengo de muñeca más que el aspecto material, que dentro de mi pasta existe el corazón de un ser humano, así como hay seres humanos que llevan dentro un corazón de pasta. Una hada misteriosa tuvo el capricho de encantarme, y bien sabe Dios que me place el tal encantamiento, ignorado por todos hasta hoy. Por lo menos, desde el tablero que ocupaba en el sa lón oía decir á muchos q u e estaba encantadora, pero n o encantada. Y digo que me place mi s o b r e n a t u r a l estado porque á él debo el haber sido colocada en un sitio desde el cual he visto cosas muy curiosas durante la famosa Exposición. ¡Cuánta dama elegante ha desfilado ante mis ojazos siempre abiertos! ¿Y qué diré de las señoritas miopes, que de tanto acercarse nos hacían cosquillas con la punta de la nariz? ¿Y las preguntonas? OhI Esas me producían, á falta de nervios, una excitación de goznes horrorosa. iQué pena me daban los infelices redactores encargados de nuestra subastal Cerca de mí estaba uno de ellos, verdadero mártir de la curiosidad femenina. -Diga usted- -le preguntaba una señora, ¿qué número tiene esa muñeca? -El 500. ¿Quién la ha vestido? -La duquesa de Tres Estrellas. -No tendrá dentro serrín, ¿verdad? ¿La duquesa? No, señora. -Digo la muñeca. -Tampoco. Es de biscuit. sabe usted cuánto habrá costado? -No lo sé. ¿Por qué no le han puesto una faldita color verde- nutria? -Porque todavía no se ha inventado ese color. ¿Y se le pueden quitar los zapatos? -No conviene. ¿De fijo dirá papá y mamá? -Sí, señora. ¿Y no dice más? Señora, por DiosI ¿Quería usted que contase cuentos? -Pues mire usted, yo tuve un bebé autonómico que en dándole cuerda pedía todos sus menesteres ¡Era más simpáticol- -Lo creo. ¡Pues si hubiera usted visto la pompadura que tenía mi prima Teclal ¡Lástima que cayera en aquellas manos, porque Tecla era destrozona si las hay I- ¡Vaya por Dios! -Tenía una máquina en la tripa. ¿Quién? -La muñeca de mi prima. Y al darle cuerda, ¿sabe usted lo que hacía? Tirarse al suelo de cabeza. ¡Caracoles! ¿Y no se rompió nunca? -Sí, señor; al primer experimento. Y así seguía charlando la buena señora, impidiendo el avance á las visitantes que venían detrás. Creo, pues, á pies iuntillas (yo no puedo separarlos) esto que á Méndez Briaga le decía el escritor que me sirve de amanuense el último día de Exposición: Amigo mío, de tal modo estoy obsesionado con las muñecas, que cuando llego á mi casa y veo á mis hijos, me choca que se muevan y que no tenga cada uno su correspondiente número en un cartón. Es más: hasta dormido veo muñecas por todas partes. Anoche mismo soñé que asaltaban mi lecho dos bebés, una chula, tres odaliscas, siete charras y una familia japonesa. La verdad es que hemos pasado unos días deliciosos. Algunas veces venía una avalancha de gente que nos hacía temblar. Hubo instantes en que creí que terminaba la Exposición por fallecimiento repentino de todas nosotras. ¡Bien dicen que hemos estado expuestas! ¡Y tanto! En cambio hemos hecho muy buen papel, y sobre todo, hemos servido para algo muy útil y muy hermoso. Hay quien dice que á impulsos de la envidia armaban peloteras por la noche las muñecas que tenían menos pujas con las que tenían más. Pero esto no es exacto; durante la noche todas hemos observado la mayor compostura, y hasta hemos dormido como troncos las que aún no tenemos el alma roída por las preocupaciones. Por mi parte, yo, humilde nodriza, sólo tengo un sentimiento: no poder volverme ahora de carne y hueso y de tamaño natural. ¿Para qué? Para llegar á la casa de cualquier obrero pobre donde hicieran falta mis nutritivos servicios, y ofrecerlos gratis, diciendo á la madre de la criatura: ¡Señora, aquí estoy yo! Y añadiendo en abono de mi conducta: Vengo derechita de BLANCO Y NBGEO, donde he soportado con paciencia, y con el número 203, muchos días de exposición á pie firme, sin pegar los ojos y sin decir esta boca es mía. ¿Quiere aún más la señora? Por la publicación, JUAN PÉREZ ZÚÑIGA