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r bajadas de soberanos extranjeros y homenajes y reverencias de los subditos propios. Pero, no poseyendo otras rentas que las de su lista civil, no nauy abundante, vivía con modestia desproporcionada á tan grande poder y autoridad. Y envidiaba á su hermano Wladimiro. Wla dimiro vivía con tanto rumbo y boato, que mejor que príncipe de las rudas dinastías slavas se le creyera un príncipe de las antiguas dinastías babilónicas. Festines y banquetes en su palacio de la ciudad, cabalgatas y monterías en sus palacios HJr de recreo, legiones de criados y de aduladores, corle de parásitos más numerosa que ia corte oficial de su rey. Pero no tenía el poder soberano. Y envidiaba á ülrico. El uno se emborrachaba en una orgía de autoridad; el otro en una orgía de placer. Y ambos concordaban únicamente en una cosa: en desdeñar á Sergio, que, ni rico ni poderoso, pasaba sus días en el estudio y la meditación. -Todo lo puedo yo con mi acero, -decía üliico acariciando S con la mano BU espada, ante la cual temblaban sus vasallos. -Todo lo puedo yo con mi oro, -decía Wladimiro tirando al aire sus monedas, ante las cuales se humillaban las turbas y se abríanlas puertas y se doblaban las voluntades y los amores. Y efectivamente; el rey, á fueiza de tiranías, cohechos y exacpudo ser y fué rico, chupando la de sus subditos. príncipe, á fuerza de dádivas y co nes, se atrajo gran golpe de parciaies- -que el oro los recluta fácilmente entre los malos, -los cuales le proclamaron por rey de un territorio vecino. Ulrico y Wladimiro quedaron henchidos de satisfacción y de orgullo pensando que habían ya encadenado la felicidad. El mando y la riqueza piden tanta suerte para conseguirlos, como discreción para emplearlos. Y de esta cualidad carecían precisamente ambos reyes; por lo cual se desesperaban viendo con sorpresa y con ira que con todos sus esplendores deslumbrantes, ni la fuerza conq. í. ¡a ni el oro compra una sola lucecilla de entendimiento. Y aque ti- j os pobres de inteligencia, si alguna vez la tuvieron en su espíii n. Mjinca la descubrieron por falta de labor y cultivo. Porque estaban r i.i os a la usanza de aquellas razas antiguas, que fiaban todo á los p. i M ¡gios de la alcurnia y de la fuerza, Bastábales con saber echar niia lirma garabatosa ó manejar una espada reluciente. Cualquier otro M- i. asi fuese liberal, era reputado por vil y digno sólo de genteciIb. asalariadas para discuriir por los magnates, quienes se hacían- iMr c. aliinento intelectual de la misma manera que el alimento corporal M fi viiliit es mercenarios. 0 oiubruteoieron aquellas razas; así se petrificaron aquellas naciones iíLMii. c n ¡a dominación extranjera el pecado de subvertir la obra de ú 11 i. ra. i. que coloca el cerebro en la cima de la figura humana para mosrrai- u- ¡M- omacía. Y así lo pagaron los soberbios príncipes. Sus depredaciones, tiranías y derroches, provocaron la ira de sus subditos y la enemistad de otros remos, y la guerra de afuera, ayudada déla revolución de dentro devoró en pocos días el poder de Ulrico y Wladimiro, que parecían sentados sobre tronos inconmovibles de acero y oro. Combatidos, derrotados y abandonados de los que fueron coitesanos de la fuerza y parásitos de a tortuna, que se pegan al manto y no á la persona de los reyes, hubieron ji Hs-