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¿A mí? iQué locura! Yo seré en todo caso quien te moleste, porque no puedo suspender mi trabajo. Quie ro concluir este matine, y él ruido de la máquina es insufrible. Ya comprendo que es mucho más agradable el piano, pero, hijo mío, en las casas modestas es preciso que haya de todo. Mira, ahí tienes El Imparcial; lee un rato, mientras yo voy á la cocina y pongo unas planchas al fuego, porque también necesito aplanchar ese lío de ropa, y después repasar la que hay en esta excusabaraja. Todo, por de contado, sin descuidar el puchero; esa comida humilde, prosaica y hasta si quieres cursi, pero que exige tantos cuidados y atención tan continua como el plato más exquisito. -Pero niña, ¿es que tú estás aquí sola para hacerlo todo? Bahl todo no; caai nada. Lo menos importante, lo que hace cualquiera. Mi hermana, tan elegante, tan hermosa, tan discreta y que ha recibido una educación brillantísima, ¿cómo habla de ocuparse en estos me nesteres humildes? M ella sabe hacerlo, ni quiere, ni yo se lo permitiría aunque ella quisiera. El cocinar es tropea horriblemente las niaaoe; esas manos que en Carlota, mi hermana tan querida, son un primor; la plancha es perjudicial para el cutis, arrebata el color del rostro, daña la dentadura; y los dientes, y el color, y el cutis, son prodigios que todo el mundo admira en mi hermana, que es la mar de bonita; demasiado lo sabes tú, mal sujeto; y no te lo digo para contarte nada nuevo, sino para regalarte el oído. -Nuestros padres, que nadaban en la opulencia, quisieron y lograron dar á Carlota, su primera hija, educación de gran señora. Toca el piano, si no como profesora, cómo excelente aficionada; ¿y cantar? no digamos que es una artista; pero puede lucir como la que más luzca en los salones. Conoce el francés y el italiano, sabe algo de inglés, monta á caballo, hizo gimnasia, baila maravillosamente, pinta y hasta escribe versos. -Carlota ¿hace versos? ¡Vaya si los hacel Y muy bonitos. -Cuando yo nací (muchos años después) mi familia había venido muy á menos, y mi educación, como es natura tuvo qae resentirse del cambio. A mí sólo me adiestraron en las faenas y en los quehaceres de la casa. Para eso, vamos, sin vanidad puedo decirlo, no me doy mala maña: ni el trabajo me asusta, ni el fogón me aturde. Sirvo para un fregado como para ua barrido. Cuanta más labor tengo, más contenta estoy. Pero no sé ninguna otra cosa. Ni hago música, ni hablo inglés, ni he aprendido equitación, ni escribo versos, ni... En fin, hijo, que soy una nulidad completa. Ya lo decía nuestra querida madre, qiie en gloria esté, cuando hablábamos del porvenir: Carlota, repetía muy á menudo, hará una buena boda: lo merece, están hermosa! tiene tanta distinción! Encontrará de seguro un marido muy rico, y lucirá como ninguna otra en la buena sociedad. Tú, pobre Petra, que eres buena, hacendosa, económica (todo esto le hacía decir su cariño de madre) nunca pasarás de ser una buena ama de gobierno. -Pero estoy aburriéndote con mi charla. Y luego, ya lo ves, el recuerdo de mi pobre madre me hace llorar siempre. En fin, el matine está ya concluido. (Mostrándolo) ¿Eh? ¿qué tal? Parece que acaba de salir de un taller de modista (riéndose) Las señoritas pobres tenemos que ingeniarnos. Toma, y que no lo hiciéramos! Yo me hago hasta los sombreros; ¡vaya! y con esos sombreros de confección casera doy á cualquiera un chasco. Uno tengo- -me lo habrás visto puesto algunas veces- -en cuyos adornos gasté... ¡siete pesetas cincuenta! ni un céntimo más, y parece, no fijándose mucho por supuesto, un modelo de esos que cuestan veinte ó veinticinco duros. Voy á la cocina; volveré pronto. Perdona que mis deberes de cocinera y de planchadora me impidan hacer, como es debido, los honores de la casa. (Vase Petra) (Antonio la ve salir como embelesado. Permanece algunos segundos mirando la puerta por donde- Petra ha salido; después, como quien ha adoptado decididamente una resolución grave, sonríe satisfecho, y sale con andar reposado de la sala. V Dos meses después se verificó en la capilla reservada de San Ildefonso la boda de Antonio con Petrita, que tan á la buena de Dios había quitado el novio á su querida hermana. La madrina de Petra fué Carlota, la cual ni comprendió nunca lo sucedido, ni acertaba á explicarse que ella, dama de tan exquisita distinción, hubiese podido admitir, ni aun en broma, los galanteos de un imbécil como au cuñado. Hay, sin embargo, quién afirma que la bella y elegante Carlota- -que aún permanece soltera- -cuando no la ve nadie, desbarata sin compasión su artístico tocado, arroja con hastío las galas que aumentaban su espléndida belleza, y derrarua llanto y rompe en sollozos recordando las dulzuras del hogar constituido por Petra y Antonio, y animado por las risas de tres rubillos enredadores, frutos de aquel improvisado matrimonio. A. SÁNCHEZ PEEEZ UIBUJOS BE MÉNDEZ BRINGA