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í N OMPRÓ en cierta ocasión un impresor iinas elegantísimas letras titulares que estaba deseando estrenar, pero en aquellos días había muy poco trabajo, y los deseos del impresorno se podían satisfacer. Las letras titulares eran el encanto de aquel hombre, especialmente una F originalísima. Viendo que pasaban días y que las titulares dormían el sueEo de Gutenberg en la caja, decidió hacer una nueva edición del Fleury para lucir las magníficas titulares, y no sabiendo cómo colocar airosamente la F para que se destacara sobre las demás, empezó del siguiente modo: nFrancamente, Dios creó al mundo en siete días. Pues yo me encuentro en parecido caso; francamente, no sé cómo empezar este articulejo. ¿Qaó hacer ya que no resulte dentro do la famosa sentencia niliil novum sub solé? ¡Ah! sí, ya lo sé; creo que por esta vez puedo burlar el aforismo latino. Haré algo sobre gustos; precisamente sobre gustos no hay nada escrito; de modo que bien puedo darme tono de ser el primero que se ocupa de esta materia y de escribir un artículo perfectamente original. El gusto es muy difícil de definir, por las numerosas acepciones que tiene la palabra. El gusto es facultad de interpretar y distinguir lo bello de lo feo; el gusto es sentimiento artístico; el gusto es función fisiológica; el gusto es manifestación de uu capricho. Y si me atrae y seduce la materia, es porque en el gusto encuentro mucho de cómico. Una mujer tiene relaciones con un muchacho joven, de esbelta figura, de exquisito ingenio, y sin embargo prefiere muchas veces los galanteos de un hombre que nada tiene que agradecer á la Naturaleza, maltratado por todas las gracias. Paes ya tienen ustedes el gusto puesto en ridículo. Porque eso de que el hombre cuanto más feo es más hermoso, son voces que han hecho correr por ahí los no favorecidos por la lotería de la Belleza. Que una señora en la edad madura se compone y se acicala exageradamente, y se tiñe el pelo de rubio, cuando sus relaciones la conocen treinta años de morena... nuevamente tenemos al gusto en berlina. Que un hombre se está pacientemente á la orilla del río con la caña tendida, esperando la buena voluntad de los peces horas y horas motivo de chirigota contra el gusto. Que haya quien lleve joyas de similor, en la creencia de deslumhrar á las gentes buen golpe también contra el gusto. Los que sienten delirio de grandezas y recogen en sus antesalas viejos retratos adquiridos en el Eastro y nos los presentan como sus ilustres antepasados magnífica ocasión para dar una arremetida al gusto. El que se viste de máscara, y sin conocer á nadie pretende dar bromas á las gentes, sin pensar que el único embromado es él también demuestra lo que supone el gusto. El gusto, en otra expresión, es también falso, hipócrita. Lo primero que decimos cuando nos presentan á cualquiera, es decir Tengo tanto gusto... Nueva acometida de la risa. ¿Qué gasto vamos á sentir, si en la mayor parte de las ocasiones es la primera vez que vemos á la persona que nos presentan? Como en la inacabable pelea de el gusto es mió; no señor, mío; no señor, nuestro. Aquí también se reproduce el primer caso. ¿y á qué seguir citando ejemplos, ni para qué predicar contra el gusto, si hay quien prefiere La pulga á La Walkyria? LUIS G A B A L D O N te L 5 V.