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J H V ella las i d e a s como mi alma misma, ¡Ah! n o es engaño, n o es ilusión; las- veo palpitar como yo palpito ¡Artemiol ¡Artemiol ¿Dónde estás, amigo mió? (Con exaltación fogosa y credmte. ¡Artem i ó mira mi o b r a es la mía, la m á s grande; al fin, obra de e n a m o r a d o! Pero ¿dónde está Artemio? ¡Artemio, Artemiol (Cogiendo los papeles. Si no a d o r n a s e s t a s estrofas con las notas más dulces de tu lira, te atravieso con mi e s p a d a ¡Ja, ja, jal ¡Cómo r e s o n a r á n al salir de t u garganta, músico sablime! ¡Ay de ti si n o l a s entonas con pasión! ¡Artemio, Artemio! P e r o ¿qué ocur r e? Ya anochece y Artemio n o n elve; temo algún lance por las calles de la ciud o; mis compatriotas, iracundos con las noticias de la guerra, persiguen á los de E t u r i a los acuchillan con safia ¡Artemio, Artemio! Eres audaz; ya te dije que u n eturio n o p u e d e salir hoy á p a s e a r al sol de Gutlandia; h a s t a aqui t e r e s p e t a r o n porque y o soy el ídolo d e mi pueblo, su poeta, su b a r d o y t ú temerario eturio, entonas como n a d i e mis poemas y mis cantos. (Abre el ventanal. L a ciudad está tranquila; pero esta misma calma m e parece siniestra; todo lo temo. ¡Voy en busca t u y a cantor insigne; voy en t u auxilio! (Cuélgase de los hombros él ferreruelo, cíñese la espada, y poniéndose el chambergo, se dirige á la puerta. Al llegar á ella aparece Artemio, agitado, anhelante. Artemio. übaldo! Ubaldo. ¿Qué sucede? Artemio. Déjame que respire. Ubaldo. ¿Te h a n perseguido? Artemio. Me vienen persiguiendo. Ubaldo. ¿Por qué no les dijiste que te a m p a r a Ubaldo! Artemio. ¡Fácil es decirles! Como canes rabiosos corren tras de mí con los aceros al aire, y gritan enronquecidos: ¡Es eturio, es eturio! ¡á matarle, á matarle! mido. No temas, yo te defiendo; tú d a s vidas á mis cantos; yo te deflen- d o Sin ti mis estrofas morirían secas como la hoja en el árbol; ¿qué son ni qué valen sin t a s armonías? Ven, mira el poema á q u e acabo de d a r r e m a t e Artemio. Sí, eso es; pongámonos a h o r a á recitar y á ento 4. i n a r estrofas cuando la chusma Ubaldo. ¿Tiemblas? ¡Ah, cobard e t e desconozco! AArtemio. N o sí no es por mí. ¿Qué importa mi vida cuando se t r a t a de la patria? Yo hubiese he- -í j ivionKS PERSONAJES UBALDO Y ABTKMIO (La acción en Gutlandia. Siglo XVII. OUADBO rEIM- ERO (A osento de trabajo de Ubalbo: desmesurada estancia entre señoril y conventual. En el fondo una nierta; á la izquierda del lector im ventanal inmenso. En el cen tro tina mesa de tablero cargada de librotes, papeles, tintero de Talavera, plumas de ave y velón de Lucena. Tibaldo. (Escribiendo con exaltación) ¡Ya está, ya. está) Sali 6 al fin la última estrofa. Gracias, gracias, m u s a mía! (Se levanta plmna en mano y contempla los papeles. A h! está n í t i da y perfecta, sonora y r o t u n d a Vibran en cho f rente á las turbas de Gutlandia, arrojándoles al rostro un ¡viva Eturia! Pero no; es que también contra ti, poeta, vienen airados, amenazadores. Ubaldo. ¿Contra su vate? Artemio. Contra su ídolo, porque me cobijas y me das tus estrofas para que las entone. ¡Ah, iluso, qué mal conoces al pueblo! Ubaldo. Ni por ti ni por mí temas; ni tu patria ni la mía son de este mundo. Artemio, nuestra patria es el ideal, nuestra patria es el arte. Dame tu mano. Artemio. Ubaldo. No, mis brazos. (Se abrazan. Y a h o r a deja que llegue la muchedumbre pero e n t r e t a n t o mira, mira q ié estrofas; ya p u e d e s bascar l a m a s tierna melodía parahacerlas vibrar y latir como vibraron al brotar de mi a l m a (Dándole los papeles. Artemio. (Leyendo antes. ¡Ah! Jamás pusiste ea tus estrofas tanta pasión. Ubaldo. ¿Verdad que son apasionadas?