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FRKOXJ EL TO K L señor Cristóbal, antiguo servidor de una rica casa de labradores aadalucee, tenía muy cerca de ocbenta años, las piernas flojas y la cabeza fuerte. Aunque no estaba ya para muchos trajines, ni aun para pocos, los señores, agradecidos á los fieles servicios que toda la vida les prestó, lo conservaban á su lado de muy buena gana. Añádase á esto que Cristóbal era pintiparado para entretener á la gente menuda, y que en la casa había dos niños, Perico y María: nardo y rosa, como dijo el poeta. Perico de seis años y de cinco María, tenían de curiosidad lo menos cincuenta cada uno. Su anhelo de saber, expresado en atropelladas preguntas, abrumaba sin desesperarlo al señor Cristóbal, á cuyo cargo corrían las respuestas. La ciencia de Merlín veríase muy apurada ante aquel par de preguntones. No se diga! a del señor Cristóbal. II Mucho preguntaba María, y sobrado comprometedoras eran sus preguntas, pero, por la índole de éstas, el viejo salla del paso con mayor desenfado y holgura que cuando le interrogaba Perico. Perico era temible. Decía la niña: -Oye, ¿cómo es la Vigen? -Mu guapa. ¿Y dónde está sentá? -En un cojín de raso, aya en er sielo. Y se acababan las dudas por de pronto. Pero Perico profundizaba más en sus peregrinas investigaciones. -Escucha, Oristóba, -decía tirándole al viejo de un brazo, nervioso de curiosidad. K 3 ¿Qué quieres? -Escucha. ¿Qué? ¿Dónde está el mundo? Vaya usted á contestar á eso á rajatabla, como exigía Perico, sin meditar un minuto siquieral- ¿Que dónde está er mundo? -repetía Cristóbal rascándose la frente. -Er mundo er mundo no está en ninguna parte porque tó es er mundo El interlocutor no se quedaba muy satisfecho que digamos; pero en vez de insistir en el mismo tema saltaba á otra pregunta, como salta un pájaro de una rama á un alero. -Atiende, Oristóba: ¿dónde está el mar? ¿Er má? En Cádi. ¿Ná más que en Cádi? -Y en América. ¿Y dónde está América? -América está mu lejos. -Pero ¿está en el mundo? -añadía el chiquillo asociando ideas. -iClarol En er mundo está tó, -repetía el señor Cristóbal, seguro ya de su argumento. III Una tarde, entre el niño y la niña agotaron, si no la paciencia, que era inagotable, la sabiduría del pobre viejo, que no lo era tanto. -Cristóba, ¿cuántas estreyas hay? -Según Unas noches hay más y otras noches hay menos- ¿Y por qué? Toma! porque... las noches de luna... las estreyas no salen toas. V A- Si y t- b.