Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
cómo afianza en la tierra sus débiles patitas; observa la tensión de su cuerpecillo, que se retuerce violentamente para salvar cuantas obstáculos halla en su camino. f H- -Es verdad, ipobrecilla! Voy á ayudarla, -exclamó el niño. B iba ya á apoderarse de ella para colocarla junto á la boca del hormiguero, cuando vio que se aproximaba al fatigado animalito otro de su mismo tamafio, que levantando la espiga con sus antenas, facilitó el transporte de la pesada y abrumadora carga. 1 Z I i lo- -dijo D. Juan entonces- t e proporciona otra enseñanza que no debes olvidar nunca- otro deber á que los hombres faltan con lamentable frecuencia, te lo recuerda esa hormiguita ayudando á su seLlegó la noche, y al retirarse á casa con su hijo, repitió D. Juan varias veces, refiriéndole con detalles la vida de aquellos insectos, el ejemplo de laboriosidad que ofrecía la Naturaleza. III Aquel verano arreció el calor como nunca, y D. Juan, aprovechando el ofrecimiento que varias veces le había hecho un pariente suyo, decidió pasar con él una temporada en una quinta próxima á Vitoria Fepito, criado en Madrid, aunque no desconocía en absoluto los goces campestres, disfrutados á medias en ios largos paseos que daba con su padre, se sorprendió al encontrarse lejos de poblado, en pleno bosque á la ía M oTcloaTM caudaloso y pudiendo trepar á montes mucho más elevados que los cerrillos del Pardo ó de Su padre se extasiaba viéndole gozar, sobre todo al coger de los árboles la fruta, que era su delicia A pesar de los consejos prudentes de D. Juan, el rapazuelo, como casi todos, prefería la que no se hallaba en sazón; aquel ácido fresco y agradable que ha perdido ya la que se vende en los mercados, le seducía Pretería las ciruelas y las manzanas casi verdes á la golosina más delicada. TJn día D. Juan al entrar en la alcoba donde dormía Pepito, percibió ese aroma sano, dulcísimo, que despiden las manzanas cuando se las guarda en sitio muy cerrado. Husmeó, buscó el escondrijo, y halló al fin entre unos libros y unos juguetes, hasta dos docenas de camuesas amarillas y rojas. A juzgar por la pinta procedían de unos árboles que el dueño de la posesión tenía en gran aprecio. Indignóse D. Juan al descubrir, aquella ratería de su hijo, á quien creía incapaz de tales actos y llevándole para avergonzarle ante el cuerpo del delito, le dio un tirón de orejas. -ÍTo sé por qué te incomodas así- -dijo el muchacho sin turbarse ni descomponerse; yo las he guardado ahí donde se han puesto maduras, desde el mismo día que llegamos. Quería sorprenderte con ellas en Madrid, sirviéndolas de postre en el invierno He seguido el ejemplo de las hormiguitas D. Juan no supo sireir ó eaojarse; pero comprendió. que ciertas enseñanzas no son tan convenientes para los niños como se suponen; los ejemplos de la Naturaleza resultan á veces demasiado comunistas. DIBUJOS DE M. ARTÍNEZ ABADES MIGUEL RAMOS OAREIÓN