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T UVí LAS TTr RAÍTGAS (CUBNTO PAEA NIÑOS, PBEO INMOBAL) o i T Juan tenía por su hijo Pepito verdadera adoración, no sólo justificada por el amor de padre, sino M porque el muchacho, que contaba seis afios de edad, era juicioso, inteligente y bondadosísimo. Todos los días, cuando sus ocupaciones le dejaban libre, se dirigía á la escuela de primera enseñanza, donde el niño era siempre el primero en todos los estudios, y se lo llevaba con él á dar largos paseos. Procuraba en éstos completar la educación de su hijo, enseñándole por el mejor de los sistemas, el que ofrece la Naturaleza, todo aquello que no era posible aprender entre las paredes del colegio. El rapazuelo conocía ya, gracias á aquellas lecciones prácticas, las aves y los insectos, las plantas y las flores Contemplando los fenómenos naturales, aprendía las leyes de la vida animal y vegetal, que su padre le explicaba minuciosamente, y que se grababan con caracteres imborrables en la mente del niño. Aquellas breves excursiones por las cercanías de Madrid, no tan áridas ni despreciables como las suponen los que no las visitan ni conocen otros paseos que Recoletos ó el Retiro; las constantes visitas á la Moncloa y á la Casa de Campo, al Pardo y á las orillas del Manzanares, tan pintorescas y risueñas desde la Puerta de Hierro para arriba, enseñaron más al muchacho que todos los libros de la escuela. II Una tarde, padre é hijo, sentados en lo alto de un cerro tapizado de hierba esmaltada por margaritas y amapolas, vieron cerca de sí un sen derito que recorrían, en dirección contraria, dos apretadas filas de hormigas negras y cabezudas. Iban y venían los insectos en agitada marcha, como si tuvieran mucha prisa, y se atropellaban para salir y entrar en el hormiguero, cuya boquita obscura, en el centro de un montículo de finísima arena, se abría seme jando el cráter de un volcán minúsculo. Todas las hormigas que se introducían en él llevaban algo entre las tenazas de sus antenas: semillas, briznas de paja, partículas de hojas secas, espigas ó tallos de hierba. -Mira, Pepito, mira, -dijo D. Juan al niño, que observaba con infantil curiosidad el ir y venir de los insectos. -Ahí tienes unos animalitos que dan al hombre ejemplo de su deber: el del trabajo asiduo. Ninguno de ellos está ocioso, y aquí puedes comprobar Ja moraleja de aquella fábula, que seguramente sabrás de memoria, y que se llama La cigarra y la hormiga. -Cantando la cigarra pasó el verano ewíero, -dijo inmediatamente el muchacho. -Eso es; pues ahí tienes esos animalitos esforzándose para proporcionarse el sustento, llevando á eus viviendas subterráneas lo necesario para la estación de los fríos. Todos contribuyen al bien común en la medida de sus fuerzas, y aun algunos en más de lo qué buenamente pueden. Repara en aquella hormiguita que lleva arrastrando con penoso esfuerzo una espiga colosal, si se relaciona con el tamaño del insecto ve