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Y confortados los párvulos con la fanfarria délos mayores, echaron juntos hacia el extenso castañar. El viento mansurrón y frío parecía gemir entre las ramas peladas de los castaños; el suelo estaba cubierto por una gruesa capa de hojas secas, que hacían un son de cosas tristes al ser removidas por el pataleo de los chicos. El cielo lívido cobijaba el paisaje invernal con su tono gris de abrumadora monotonía Allí jugaron; se revolearon como animalillos sueltos; buscaron la castaña olvidada entre las hojas, enterrada á la vera de los zarzales; se punzaron las carnes con los erizos secos; se desgarraron los calzones con las púas de los troncos. En esto, empezó á nevar. Los copos caían con airosa ondulación y se deshacían sin ruido sobre las hojas y las ramas. ¡Esto es nievel- -Amónos á la plaza pa hacer la bola. ¡Ea, á la bolal Ahora si que jugamos. Y ágiles como pájaros en bandada, salieron del castañar y tomaron la vuelta del pueblo. de gafas, y con una simple coronilla de hojas secas compuso la melena lacia y amarillenta que flotaba al viento Con dos palos que sirvieron de armazón, moldeó luego los robustos brazos; en la una mano, que parecía un muñón, aferraron unas improvisadas disciplinas, para cuyos ramales, cinco exactamente, cedieron gratuitamente sus tirantes de orillo algunos de aquellos señores. De la otra salía un índice colosal en actitud de reprender severamente ó de enseñar profundas verdades. -Falta el gorro; já ver, buscarl Y á poco que buscaron hallaron un cesto de mimbres roto, que vino pintiparado. Con el trozo de un ataharre abandonado formaron la bufanda, y con un erizo seco, abierto del todo, puso Periquillo el clásico bigote, ancho, corto, punzante, tostado por las colillas bien y lealmente apuradas. El holgorio de la gente menuda no tuvo límites. La pobre estatua tuvo que sufrir mil apostrofes é impertinencias, sin deshacer un punto aquel gesto de ridicula majestad, de severidad acre y risible que el escultor había acertado á darle. Los que venían del campo se paraban bajo los olmos La tarde se iba obscureciendo con la nevada; los copos llenaban el aire, y la alfombra blanca tendida sobre el campo crecía, cada vez más blanda, cada vez más espesa Los olmos de la plaza se iban ensabanando con aquella nieve tan pura, tomando aspecto de grandes fantasmas, de gigantes esqueletos de razas perdidas- Aquí, recontra! -gritó Periquillo. ¡Venga tela; me jago tiestos, y vais á ver una cosa de! otro mundo! Parecía inspirado; alguna súbita concepción de artista le punzaba en los sesos, le briliaba en los ojos. ¡Nievel- -pidió en tono de mando. Y no se lo dijo á sordos. En pocos minutos le amontonaron cuanta quería. Periquillo comenzó á modelar la estatua hermética, el gran busto asentado sobre una mole blanca que apelmazaban entre todos. Poco á poco fué saliendo de entre sus manos amoratadas, á las que un ciego instinto guiaba entre la nieve, la ancha cara, con su abultado frontal y su enérgica mandíbula. ¡Je, je! -gritaban los entusiasmados compañeros del escultor. De un hábil manotazo de filo quedó abierta la boca, y con tres bellotas la proveyeron de dentadura. En el hueco de los ojos asentó Periquillo dos elegantes hongos agujereados en guisa iV, á ver aquéllo. -Mira, ¡condenaol propio al maestro. -Este es el maestro, que sa llenao de jarina. ¡Anda, y cómo gasta fantesía el maestro Ciruela! Asín tenía de estar pa que se le baje el argnllo Después fué un jubileo: todo el vecindario quiso ver! a caricatura, y el propio maestro, llevado por la naturatcuriosidad de ver qué hacía la gente, fué y se vio, y se reconoció, con una amargura afrentosa, con todo el dolor del ultraje. No lo pudo resistir, y como no había esperanza de paga, se marchó del pueblo escupiendo rencores. Al cerrarse la escuela, Periquillo se fué á guardar cabras y cerdos, único fin para el que fué creado. En un mismo día perdió aquella gente un maestro y un escultor. Por lo que toca á éste, ¡quién sabe! Acaso fuera una gloria perdida JOSÉ NOGALES DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA