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LA ESTATUA DEL MAESTRO J haya quien o XK marche de un pueblo porque le levanten una estatua, es caso eKtraordinario. Que el objeto de la distinción sea un maestro de escuela, es más extraordinario todavía. El lance ocurrió de la manera siguiente: L l e g ó al lugar de Cumbres del Fresno, perteneciente en lo antiguo á una encomienda de Santiago, un maestro de escuela de no muchas letras, a u n q u e sí de bastantes afios; no hay que decir si pobre, diciendo el oficio: duro de genio y amigo de disputar. En suma: un pedantón que no cayó en gracia á la gente. Laprimeráarremetida i. tuvo Con el alcalde, y de ahí ya se sabe lo que vendría. La segunda la tuvo con los discípulos, y con harta razón por su parte, pues averiguado el caso, quedó tan claro como el sol que Periquilloel- ZbrzaZ, queera la pellica del diablo, hizo fiesta inaugural metiendo dos castañas restallonaa, sin morder ni rajar, en el brasero del maestro, á punto que teniéndolo entre los pies, por hacer demasiado frío, enseñaba la tabla de multiplicar á los mayores. Las dos bombas estallaron juntas, rociando de candela y ceniza un más que mediano espacio, y con el súbito sobresalto y turbación, el digno profesor dio un brinco tal, que rascó el techo con el gorro. Abierta información y hallado el culpable, incontinenti le fué aplicado el castigo con unas buenas disciplinas de cinco ramales que el maestro sabía esgrimir con verdadera suficiencia. Acaso con esta severa represión hubiese podido conquistar el general aprecio, pues en el lugar era unánime la opinión de que la letra con sangre entra; y por lo que toca á Periquillo, no había quien dejase de recetarle sus tres ó cuatro palizas diarias para su completa regeneración moral. Hijo de viuda pobre, crecía como ua espino majoleto, libre y empecatado, esperando el día en que lo echasen á guardar cabras ó cerdos. -Madre, pa eso lo mismo da que aprenda como que no. Me paece que no voy á enseñar la tabla de multiplicar á los guarretes. Y con arreglo á esta filosofía pueril, Periquillo asistía á la escuela porque no podía pasar por otro punto, pero haciendo lo posible por no aprender cosa alguna. lY en algo se había de entretener! Una tarde, ya bien entrado el invierno, el maestro se quedó con las ganas de dar lección- -si alguna tuviera, -pues abierto el templo de Minerva preparado el brasero, á salvo ya de toda acción explosiva merced á cierta discreta alambrera, y apercibidos pa- pel, plumas y algodones con lo demás necesario, pasó el tiempo sin que la turba infantil apareciese. Aquélla fué una rabona colectiva, que hoy se le diría huelga pacífica de escolares. La organizaron Periquillo el Zorzal, Tomasillo el de la Co a y Celipe, el hijo del barbero. Delante de la escuela hay una plaza que parece prado, con unos olmos muy copudos, sitio asaz aparente para el juego de la rayuela, del trompo, y en general, para toda clase de juegos, según las estaciones. Allí se fueron congregando en espera del maestro. ¿Amos de rabonaf dijo Oelipe, que era vizco y pecoso, y más malo que la quina. ¿Y ande nos metemos? -En el castañar. Echamos la tarde de rebusco. Yo sé un sitio, que si no andará por allí el guarda del molino, nos ponemos la barriga así, -dijo Periquillo, experto rebuscador de todo linaje de frutos naturales y civiles. Ea! jal avíol Hoy no hay escuela. -Que se quede el Calvo con las disciplinas. ¿Veis este palitroque? ¿Veis aquel medio cántaro que asoma por la ventana de la escuela? -exclamó Celipe. -Güeho: pues esto es la escopeta y aquél el ínaéstro ¡puml castañazo. Y con esta hipótesis balística desahogó sus rencores. ¿Y si nos pega? se atrevió á decir uno de los chicos. Ay qué gracia tiene el gurripatol Si nos pega! Si nos pega, nos arrascamosl