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Hicieron amistades, y aquel día En fin, por celos soy; iqué nacimiento! fué piedra en mi primero fundamento Imaginadlo vos, que haber nacida la paz de su celosa fantasía. dé tan inquieta causa fué portento. Así cuenta cómo fué su n a c i m i e n t o el propio monstruo de la naturaleza, Lope Félix de Vega Carpió. Su niñez la refiere Montalbán con muchos pormenores, algunos inverosímiles, ninguno imposible; porque esta palabra imposible no se puede j u n t a r con el n o m b r e de Lope. E s t e hijo de los celos, como él á sí propio ae llamaba, nació en la calle Mayor, e n t r e la Cava de San Miguel y la calle de Milaneses. Antes apreudió á leer que á hablar; antes supo componer versos que escribir. Al maestro le volvía loco aquel chiquillo, el m á s bullicioso, avispado y e n r e d a d o r de su escuela. A los cinco a ñ o s leía en castellano y en latín; y pagándoles con su almuerzo, diotaba á los otros chicos los versos que le pasaban por la cabeza. A los n u e v e años, los P a d r e s de la Compañía de Jesús ya no s a b í a n qué enseñarle. De diez años le enviaron á Alcalá; y allí- -dice él mismo- -descubrí razonable ingenio, prontitud y docilidad p a r a cualquier ciencia; pero p a r a lo que mayor la tenía era para los versos, de suerte que los cartapacios de la. i liciones me servían de borradores p a r a mis pensamientos, y muchas veces las escribía en versos latinos ó castellanos. Comencé á j u n t a r libros de todas letras y lenguas, que d e s p u é s de los principios de la griega y ejercicio de la latina, supe bien la toscana, y de la francesa t u v e noticia. Antes de cumplir doce a ñ o s- -a p u n t a Montalbán- -tenía todas las gracias que permite la juventud curiosa de los mozos, como es danzar, cantar y traer bien la espada. De escribir comedias no se diga. Oigámosle á él mismo: Y yo las escribí de once y doce años, de á cuatro actos y de á cuatro pliegos, porque cada acto un pliego contenía. Mfio aún, á los trece ó catorce años, muerto su padre, picóle, como á los otros m u c h a c h o s de que hablamos, la comezón de echarse por abí á ver m u n d o Concertóse con otro muchacho llamado H e r n a n d o Muñoz; sacaron dinero dei sus casas; llegáronse, u n pie t í a s otro, hasta Segó vía- compraron allí un caballejo, y no pararon hasta la famosa ciudad de Astorga, donde, queriendo vender una cadena de oro, el platero e n t r ó en sospechas; avisó al juez, y éste, conociendo la calaverada, m a n d ó á los dos fugitivos á la Corte, custodiados por u n alguacil. Aquí t e r m i n ó la niñez de Lope y- comenzó su mocedad, aquella mocedad inmortal de su espíritu que aún dura, espléndida y lozana. Por e n t o n c e s sospéchase que ya estaba enamorado. ir Niños alegres, F e r n a n d o Teresa y Lope; ahora toca hablar de un niño triste: Felipe, el hijo del César Carlos Quinto y de la emperatriz Isabel la bella. E r a u n hermoso niño rubio y blanco, el pelo sedoso, los ojos rasgados y claros, el labio superior menor que el bajo, como todos los de su casa y familia, pero no t a n t o que le afease; la mirada grave y recogida. E n aquella corte, aherrojada por la etiqueta severísima, j a m á s hubo expansión n i alegría p a r a el pobre muchacho. Apenas pudo a n d a r y supo hablar, después de h a b e r pasado por todas las erupciones y enfermedades molestas que puede tener u n chico, su m a d r e la emperatriz, que s i e m p r e fué m á s emperatriz q u e m a d r e le entregó á los ayos. ¡Y qué ayosl El cardenal de Toledo D. J u a n sujeto virtuosísimo, pero t a n pedante, que llamándose de apellido Martínez de los P e d e r n a l e s se firmaba s i e m p r e en latín, Martínez Silíceo; y D. J u a n de Zúñiga y Avellaneda, comendador mayor de Castilla, viejo achacoso y gruñón, sin d u d a alguna, que debía e n s e ñ a r al príncipe las reglas de la etiqueta cortesana. A su p a d r e el emperador, sólo rarísimas veces le vio Felipe; no pudo t o m a r l e cariño; y ¿qué había de suceder? ¿Tendrá razón la Historia cuando, al verlos llegar á mayores, censura y condena á estos pobres niños anémicos que se crían sin amor, como se crió Felipe, en los fríos y enormes palacios de Valladolid y de Toledo, bajo la férula de u n teólogo, matemático y latinista como Silíceo, y de un c u m p l i m e n t e r o y ridículo seño ron como D. J u a n de Zúñiga? ¿Qué podría valer más adelante el corazón de u n muchacho que á los siete años- -lo cuenta un testigo presencial- -se quitaba de almorzar p a r a r e p a s a r una conclusión de teología que el maestro le había enseñado? íTo sabiendo a m a r á sus p a d r e s amó á la lengua latina, en la que elegantemente hablaba; no pudiendo abrazar á su m a d r e porque la etiqueta lo prohibía, quiso abarcar en sus brazos el imperio m á s grande del mundo. Y lo hizo; y á p e s a r de haberlo hecho, vivió siempre triste, solo. Temblemos por esos m u c h a c h o s que n o juegan, que no ríen Eeid y jugad, niños; sentid impulsos de m a r c h a r por ahí, adelante, siempre adelante, como los grandes chicos que se llamaron H e r n á n Cortés, T e r e s a de J e s ú s Lope de Vega. F. NAVARRO Y L E D E 8 M A ORLAS DE BLANCO CORIS