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Xv 03 CHICOS Í J C M B chicos tratan y á chicos se dirigen estas líneas. Entiéndanlas los grandes, que si son discretos, de VITJÍ los chicos han de tomar lecciones todos los días. Como el buen profesor aprende de eus discípulos mucho más de lo que él les enseña, el hombre hecho y derecho debe aprender del muchacho á medio criar, del nifío, y hasta del infante ó motilón que sólo acierta aberrear, pedir teta y rascarse á pufios cerrados. Aquí en España no se estudia á los niños; ¿cómo se ha de conocer á los grandes? ¿Viven los chiquillos por milagro de Dios, á pesar de la antihigiénica é irracional vida que se les da? Pues á atracarlos de dulces y á maleducarlos. ¿Se mueren? Pues angelitos al cielo. Asi se mueren tantos, que según las últimas estadísticas, en el cielo existe un ochenta y en el limbo un noventa y cinco por ciento de niños españoles. Y como no se estudia á los chicos ni se hace caso de ellos, la gente vulgar sigue creyendo la necedad de que los niños precoces de inteligencia, avispados ó listos en demasía, se malogran. Esto es una leyenda como la de la candidez é inocencia infantiles. Varios psicólogos alemanes y yanquis, cuyos nombres no deben ponerse aquí para no asustar á las criaturas, han demostrado cumplidamente que en el niño dominan los malos instintos y las feroces inclinaciones del que lucha inconscientemente y con esca sas fuerzas por la vida. Total, que el hombre es un niño grande y mejorado, ennoblecido por la educación ó por el palo. El criminal impulsivo, en cambio, es un niño grande y terrible Pero suplico á los lectores menores de edad que deletreen lo precedente, que no se enfurruñen conmigo ni me tomen ojeriza. Voy á lo que voy, como dice el cuento, y á lo que voy no es á insultarles, sino á recordarles la historia de cuatro niños españoles que por su precocidad se distinguieron en tiempos en que aún los españoles de pecho tenían mayores y mejores alientos que los hombretones de hoy. Y al decir esto, noto que os hablo ya, niños y niñas, con tono de viejo. Pues, señor, por los años de 1480 á 90 vivían en cierto pueblo de Extremadura, que dicen Medellín, un hidalgo honrado y principal llamado Martín Cortés de Monroy y su mujer doña Catalina Pizarro Altamirano, señora de buen linaje, muy honesta, religiosa, recia y escasa j como dice el clérigo López de Gomara, por decir económica ó ahorrativa. Tenían poca hacienda, pero mucha honra. Alegróles Dios concediéndoles un hijo, al que llamaron Fernando. Según el cronista, crióse el niño tan enfermo, que llegó muchas veces á punto dé muerte; mas con una devoción que le hizo María de Esteban, su ama de leche, sanó. La devoción faé echar en suerte los doce apóstoles y darle por abogado el postrero que saliese, y salió San Pedro, en cuyo nombre se dijeron ciertas misas y oraciones, con las cuales plugo á Dios que sanase. De allí- -añade Gomara- -tuvo siempre Cortés por su especial abogado y devoto al glorioso apóstol de Jesucristo San Pedro, y regocijaba cada año su día en la iglesia y en su casa, donde quiera que se hallase. El influjo del patrono, que según sabemos por la Historia Sagrada era el más vivo y menos cachazudo de todos los apóstoles, se manifestó pronto sobre el patrocinado. Enclenque, delgaducho, pajizo de color, patizambo, ó por lo menos patiestevado, como toda su vida lo estuvo, y sobre todo feísimo de cara, Fernando Cortés fué un chico de la piel del demonio. Como veréis que sucede con los otros chicos grandes, le dominaba el afán de marcharse sin saber á dónde, ni cuándo, ni cómo; le escarabajeaba en el pecho infantil el ansia de ver mundo. Dos años pasó en Salamanca, en casa de su tía Inés de Pazos, estudiando gramática y latín; descontentábale este estudio, como os sucede á vosotros, no porque le faltase el ingenio para seguirlos, sino porque le parecían cosa pequeña para sus bríos. Como le veían tan endeble, ni el buen hidalgo Cortés ni doña Catalina querían ni pensaban que Fernando fuera soldado; antes bien, querían que estudiase Leyes. Él chico se enrrabiaba con esto y daba y tomaba ruidos en casa de sus padres, porque era bullicioso, altivo, travieso, amigo de armas lo que hoy llamamos un manojo de nervios, por lo cual- -exclama naturalmente el cronista- -determinó de irse por ahí adelante. Tenía entonces catorce ó quince años; y dicho y hecho, tan por dhi adelante se fué, que no paró hasta ser el