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El que no venía muchas noches á dormir á su casa era el señor, enfrascado en atrevidas jugadas ó en otras tareas no menos absorbentes. Muy bien quisto de todos, decidor y generoso, con frecuencia comía en el Círculo, prefiriendo asistir á los estrenos con la, pollería en el proscenio de la Sociedad en vez de estar con su mujer, la cual se rodeaba de muy variada y lucida pifia de amigas, que á última tiora la acompañaban á su casa. Así se deslizó la tranquila existencia de la pareja, envidiada, pues las jugadas de Bolsa eran felices, nada envidiosa, acaso por orgullo, y correctísima en toda ocasión y momento. Una noche de invierno entró en el salón del Círculo un amigo protestando de la oSreíen a callejera. Por c ¡erto decía ique frente al teatro de Apolo llevaba una mujer en brazos un niño hermosísimo que me ha dado una pena atroz, y eso que no tengo chicos. És una compasión verle casi desnudo en una noche tan fría ¿Cómo se encontró el protagonista de esta historia á la mendiga? ¿La buscó por curiosidad? No se sabe. Lo que se hizo público fué que al llevar á su casa el generoso padre á la, pobre mujer para que la dieran ropas de ens hijos, encontró una cunita vacía. Su hija era sacada por la extranjera casi todas las noches á la calle y alquilada de nueve á once para que la mendiga hiciese acopio de moneda, que repartía con la supuesta madre de la niña, pobre vergonzante fingida. Según confesaron, los señoritos solían darle al pasar pesetas y hasta duros. Del triste fin de aquel desdichado hogar, más vale no decir palabra. Esto, que parece y es monstruoso, no tuvo castigo social. Esto, que no puede creerse, es por desgracia un hecho real que demuestra palpablemente hasta qué punto la desventura suele perseguir á la infancia. No basta que se entreguen los reciennacidos ricos ó pobres á mujeres desconocidas, que suelen envenenarles la sangre con pretexto de criarlos, y á las cuales ni el Estado ni nadie exige las garantías que en muchos pueblos cultos protegen la vida del niño de pecho. No basta que la ignorancia y la rutina hagan presa de la existencia del pequefiuelo desde que comienza á andar hasta que sale de la escuela, del asilo ó del taller; es preciso que los inermes, los imperfectos, los enfermizos, eos todos, pero ángeles al fin como los otros, se les abandone á su triste suerte, siendo gérmenes de la gran cosecha de seres que producen el trabajo humano; y éstos, sólo pueden esperar amparo de la Providencia como las siembras del carapo, que no tienen más riego que el agua del cielo, en tanto que los hombres se entretienen cultivando mezquinos jardinillos con flores bonitas, cuyas raíces suelen pudrirse á fuerza de intempestivo riego. Cultívense en buen hora las elegantes crisantemas de moda, pero no abandonemos á la cizaña, las humildes espigas de trigo; procuremos canalizar la tierra y abonémosla sin descanso. Pensemos que cuando nace un niño rico suelen morir muchos niños pobres, y esas vidas son notas de la eterna cantata que suelen entonar los que llaman á la juventud esperanza de la patria, creyendo quizá. que ésta es una guapa moza con carita de cromo vistoso, en vez de un ejército de hombres fuertes, laboriosos y buenos. Por eso, desde las doradas cunas donde duermen los niños bonitos deben caer puñados de oro y montones de be os hacia los humildes pesebres donde entre paja y harapos lloran desvelados por el hambre y el frío los pohrecitos feos, endebles, ruines; los que nadie quiere, ni aun sus mismos padres, afligidos y avergonzados; los que no tendrán asiento en la escuela por enfermizos, y no los admitirán en el hospitalpor no estar bastante enfermos; los que no podrán entrar tampoco en el asüo, porque están maZos, y lo serán moralmente. más tarde por tantas injusticias; los que serán arrojados del taller á causa de su raquitismo, ó inspirarán repulsión por sus lacras de escrofuloso, que les aislan de todo el mundo; los que ui siquiera se harán tuberculosos, beneficiándose de las grandes protecciones que, según parece, esperan al tísico pobre, porque morirán antes... Esos infelices pueden salvarse! ¡Piedad desde arriba para los que gimen abajol Surja vigorosa esa redentora piedad en los corazones de todos Vosotros, hombres santos, nobles jóvenes, mujeres puras, vírgenes hermosas, esposos amantes, viudos tristes, solteros indiferentes; los que habéis oído á Dios; los que le adoráis de continuo; los que esperáis el amor; los que amáis; los que habéis querido; los que creéis en el Arte; los que cultiváis la Ciencia; los que habéis vertido sangre en los combates; los que habéis saboreado el dolor; los que habéis engendrado un hijo, ó los que habéis besado un niño, pensad en esos o6 rea 7 íos; contribuid á que vayan al úüico sitio donde pueden regenerarse: al mar, al seno de la madre naturaleza, generosa y fecunda, y acompañadles, si queréis gozar placer dulcísimo al verles revivir; estad á su lado para protegerles; enseñadles ó haced que les enseñen el bien, y del SANATORIO, bendita capilla de la Higiene, surgirá calladamente una nueva raza. Entonces, al contemplar emocionados á tantos niños sonrientes y felices, exclamaréis con jubilo: HIJOS MÍOS! MA. NUJBI. DK TOLOSA LATOUR DIBUJOS DE REGIDOR