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NUESTROS HIJOS TJANDO vemoa correr alegres por los paseos á nifios sanos, felices y bien ves tidos; al contemplar tan hermoso cuadro, experimentamos una intensa alegría en nuestro interior: es la nueva vida que pasa; ¿2 hasta nos creemos más Jóvenes. W Cuando tenemos sobre las rodillas á un pe quefiuelo inteligente que nos entretiene con j i sus balbuceos y nos sorprende con sus rápidos 4 aáí juicios, gozamos al advertir los pinitos del alma Sv. humana; recordamos detalles de nuestra casi olvidada psicología infantil; quizá nos creemos Jf- J mejores de lo que somos. Si, por desgracia, presenciamos cómo se troncha uno de esos delicados capullos, brota del fondo de nuestro corazón una enérgica protesta contra la prematura muerte; el agudo dolor j de los padres lo hacemos nuestro; hay algo tier 1 ñámente maternal en nuestro duelo, como es í -paternal el instintivo impulso que nos obliga á renegar de todo hecho cruel que menoscabe la í salud ó la tranquilidad de un niño. iHuo MÍOI... liví l 1 compasiva frase que brota de nuestros A labios y condensa un mundo de amor á la in -f fancia. -t. Pero una vez en el tráfago de la vida social, A parece como que las notas poéticas se desvanei. iff cen ante la prosa de la existencia, y los nifios I abandonados ó mendigos que nos asedian en las cal les, nos ponen de mal humor; sus gracias ¡de granuja nos crispan; sus palabras torpes nos I exaltan; su pelaje mugriento nos repugna; has l i ta solemos ver sin protesta cómo se golpean ¿jr! entre sí ó de qué modo tan brutal ee les castiI ga; sólo se nos ocurre murmurar de las autori dadas que no limpian la vía pública de la rofia social, llevándose á los asilos ó á la cárcel á la golfería andante. i Muchas noches, al salir de la fonda ó del teatio, nos invade (á manera de calofrío ó espasmo repentino) cierta vibrante compasión al sentir á nuestro lado á los pobres chicos, sumisos como animalitos domesticados, que se encogen, tiritan y lanzan quejumbrosos ayes con el arte j de un experto mendigo profesional. Entonces les damos limosna, y smliéndonos un poco redentores (sobre todo ai estamos ahitos de arte ó de alimento) soemos preguntarles dónde viven y qué hacen, y al verlos escapar renqueando, nos acordamos del castigo que les espera si no reúnen cierta suma, y nos vamos á la prensa ó al café, donde se edita un invisible y empastelado periódico, del que se hace una colosal tirada, para tronar contra el Gobierno y la beneficencia pública Satisfecha esta necesidad del espíritu enervado y descontento, antes de dormirnos, arrebujados entre las tibias sábanas, acaso recordamos nuevamente los infelices chicuelos, exclamando entre dientes: ¡POBEKCILLOS! Sí, pobreoillos; esa misma palabra sale de nuestros labios cuando visitamos la guardilla, la escuela, el taller el circo, el teatro, el asilo, el hospital, la cárcel que en todos esos sitios hay nifios desgraciados doloridos explotados ó prostituidos. Hasta en el mismo hogar suelen ocurrir hechos tan inverosímiles como el siguiente, acaecido hace afios en la Corte y rigurosamente histórico. Erase que se era un matrimonio rodeado de cuantas condiciones sociales son precisas para creernos felicesdinero, posición, belleza y dos niños hermosos. El mayor era el Benjamín de la casa, un tirano de cuatro años; la niña, nacida hacía dos, tuvo nodriza, y fué entregada desde el destete á una aya exótica. Los padres eran simpáticos, vistosos, bien aparejados, conservando siempre muy bienios términos ea el cuadro social, donde tenían su sitio; frecuentando á diario los salones, pero viviendo, bajo el mismo techo, en ua divorcio moral casi completo, que se hizo definitivo un poco antes de la catástrofe final. Habitaban los niños el cuarto segundo de una casa contigua que comunicaba con la principal, y donde se albergaba la servidumbre, soliendo ocurrir que desde las siete de la noche, y á veces después de las dieci ocho, como diríamos ahora, los papas no veían á sus hijos hasta el día siguiente. Más de una vez el médico de la casa no había hallado durante las iadisposicioaes de los nifios, á las horas de la visita matutina, á otras personas que los criados. A éstos se lea tenían asignados sueldos relativamente crecidos, con la condición de comer por su cuenta. Con tal motivo eran curiosas las tretas que inventaban para alimentarse bien y ahorrar. La sefiora extranjera, aya á la española, era el prototipo de la hormiga intrigante, una mujer inteligente y sagaz, siempre Impasible, y económica hasta la avaricia. Sus planes consistían sin duda en reunir cierta suma y marchar á su país, por más que nadie sabía á ciencia cierta de dónde venía. í