Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
se restableciera; pero como el tiempo pasaba y la enfermedad del criadillo no desaparecía, dispuso sacar él mismo el burro al campo para hacer el diario acopio de lefia. -Vamos, arrea- -gritaba el labrador tirando del ronzal á Lucero; y el burro, resistiéndose á salir de la cuadra como extrañando al nuevo conductor, no hacía ningún caso de las voces de éste. ¡Vamos, arre! arrel larrel- -gruñó exasperado el tío Juan Manuel, sin conseguir, á pesar de sus gritos, que el animal le obedeciera. Empezó la lucha entre el hombre y el burro: aquél dando tirones y el asno soportándolos hasta con altanería. A los tirones sucediéronlos palos, y á fuerza de ellos salió de la cuadra Lucero, volviendo la cabeza hacia el pesebre, cerca del cual, envuelto entre las pajas, quedóse Manolico llorando, afligido por la paliza que habían dado á su compañero, i Aquello parecía una despedidal Mas no pararon en eato las desdichas; como el burro andaba de mala gana y el amo le conducía de pésimo humor, habrían caminado apenas cien pasos, cuando de pronto Lucero dio un resbalón sobre las piedras, rodó por ellas y echó al aire los cuatro remos. Corrió el tío Juan Manuel á levantar á la bestia, que hacía esfuerzos inútiles por volver á la situación cuadrúpeda. Sonaron otra vez las interjecciones, y otra vez el palo hizo de las suyas; pero el burro continuaba en el suelo, sin que fuera posible levantarle. Con ayuda de un vecino el tío Juan Manuel izó á fuerza de puños al animal, y entonces pudo apreciarse el verdadero motivo de su resistencia. Lucero se había quebrado una pata. Manteníase en tres, y la restante oscilaba de un lado para otro, mostrando el trozo inferior sujeto al resto del cuerpo por un pedazo de piel magullada. El dueño del borrico, á un tiempo airado y compungido, repetía los denuestos, y el Lucero, con impasibili dad asnal, agitaba su pata colgandera intentando apoyarla en el piso, y desistiendo de ello apenas advertía la imposibilidad del empeño. A todo esto Manolico, que con las voces había notado que algo grave sucedía, llegó al sitio de la ocurrencia, y al comprender toda su magnitud, quedóse confuso, anonadado, como se queda el ánimo que por vez primera sufre la primer desgracia profunda de que puede darse cuenta. El consejo fué rápido. El vecino dijo al tío Juan Manuel: -Tienes que matar al burro. ¡Pero, hombre, matarle! ¡Pues si no ha de servirte para nada! Eso no tiene arreglo. -Llamaré al albéitar. -Aunque le llamee. Piensa en comprar otro burro y pégale á ese un tiro. Manolico cogió el ronzal de Lucero y le guió hacia la cuadra, como si temiera que el animal pudiera enterarse del destino triste que le pronosticaban. Tembloroso por la calentura tiraba Manolico del ronzal, y Lucero le seguía vacilante apoyado en las tres patas sanas saltando, ganoso de volver al encierro con su amigo. Al fin se metieron ambos en el establo. Manolico examinó la lesión como si realmente pudiera hacer algo para curarla y olvidándose hasta de su propia dolencia. En esta operación sorprendióle la visita del albéitar, el cual, acompañado del tío Juan Manuel, y después de haber visto al burro, dictaminó sentenciosamente: -Chico, te has quedado sin aaimal; sácale al barranco y mátale. Así como así, era viejo y valía poco. Clareaba el día cuando el tío Juan Manuel entró en la cuadra, lió un ramal al pescuezo de Lucero, y mate rialmente lo arrastró hacia la calle. Manolico vio todo aquello con espanto. Temeroso de su amo, no dijo una palabra; pero apenas desapareció el animal, siguiendo el vigoroso tirón del tío Juan Manuel, anduvo en pos de ellos, ocultándose para no ser visto. Paso á paso fué siguiendo los vacilantes de Lucero; vio aterrorizado que lo llevaban al barranco, y que al llegar á él, siguiendo él consejo del albéitar, el tío Juan Manuel descerrajaba un tiro sobre el testuz del borrico, que cayó desplomado sobre el terreno Dos días después de este lamentable suceso, el tío Juan Manuel empezó á decir á sus convecinos que había desaparecido de su casa Manolico, aquel chiquillo que tenía para que le trajese lefia del monte. ¿Pero no se despidió de ti? ¿Qué había de despedirse, si se moría de calentura? Acostábase en la cuadra con la caballería; fui ayer á llevarle el alimento y me encontré con que no estaba; le he buscado por todo el pueblo y no lé hallo. -Da parte. -Ya le di, que no quiero responsabilidades. Empezaron las pesquisas por cuenta del pedáneo de la aldea, y á las primeras topóse con el desaparecido chicuelo. Allá en el Barranco, junto al cuerpo de Lucero, veíase el cadáver de Manolico, cubierto de andrajos, con la cara contraída por el dolor, como si sus últimos instantes hubieran sido de honda, de tremebunda pena. Y una bandada de cuervos, como espesa nube negra, cerníase sobre los dos cercanos é inanimados cuerpos, dispuesta á caer sobre las carnes de quienes en vida se habían querido tanto. J. FRANCOS R O D R Í G U E Z DIBUJOS OK