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MUERE j f í ÓMo se querían Manolico, rapaz de doce afios, y IM A ÉrA cero, wn burro cansino, agobiado por la edad y por la escasez de piensol Los reunió la desventura y los juntaba también la obediencia al amo común, qur nt li zaba á la bestia para el trajín diario de la casa y á l.i cti. i tura humana para que cuidase de la bestia. No sólo las afinidades de la servidumbre fueron las que engendraron el mutuo afecto del irracional y el niño; había semejanzas notorias entre ambos, porque eran sus cuitas idénticas, sus males parecidos y hasta las mismas sus expansiones y alegrías. Comía el chicuelo poco, como el burro; porque el duefio de ambos no tenía nada ni de rico ni de generoso. Andaban los dos muchas leguas de camino para acarrear romeros desde el monte al pueblo, pues tal oficio tenía la infeliz pareja, y ambos encontraban frecuentemente, sobre sus respectivos lomos, el palo de su señor, cuando éste, malhumorado ó iracundo, necesitaba desahogar sobre algo ó sobre alguien sus frecuentes furias. Manolico se consolaba de su mala suerte viviendo en fraternal comunidad con Lucero. Después de todo, el burro le demostraba visiblemente simpatías, las únicas de que gozó el rapaz, nacido al acaso, sin padres conocidos, vagabundo, hasta que un día le recogiera el tío Juan Manuel para señalarle como cargo el de ser guarda, conductor y compañero de la caballería, todo en una pieza, y sin otros emolumentos que los del refugio otorgado y los de la pitanza concedida con tacañería forzosa. Lucero llevaba más años que Manolico en la tarea de servir al tío Juan Manuel. Cuando empezó á notar los cuidados del rapaz, experimentó algo como gratitud. ¿Por qué no han de ser agradecidos los ani males si los hombres pueden ser ingratos? Lucero, que recibió impasible á Manolico la vez primera en que éste le sacó de la cuadra, y después de ponerle el aparejo condújole al campo, meses después, viendo que el chiquillo le acariciaba y hasta en vez de agobiarle de carga hacía lo posible por aminorársela, empezó á mirar con cierta dalzura á su perpetuo acompañante, y en ocasiones hasta hubo de permitirse relinchos de satisfacción al oir que Manolico interrumpía las solemnidades de la campiña con caí. de la retozona garganta. Estaban juntos siempre Manolico y Lucero. Por la monte; por la tarde, de retorno al pueblo; y por la noc i n n en la misma cuadra. Para el animal, el chicuelo lo eif! ¡r i i. el burro era su familia única, el sólo confidente á qu. -i i afanes, dudas, esperanzas, deseos y contrariedades. L, IL de Lucero parecía convertir en diálogos los monólogos de Manolico. A lo mejor decía éste: Oye, tú, hay que andar de prisa, porque el tío Juan Manuel está enojado; ayer vinieron á embargarle por no pagar la contribución, y creo que nosotros las vamos á pagar todas juntas. Es necesario correr y traerse más romeros y más atochas que nunca, para que el amo no nos zumbe. Y el burro, moviendo las orejas, parecía decir: ¡Bueno! En otras ocasiones, y en la mitad del camino, Manolico, encarándose con el burro, le enderezaba la siguiente invitación: Hoy el tío Juan Manuel está de buenas. Aunque tardemos no importa. ¿No te pide el cuerpo un rato de jarana? ¡A mí me lo pide! Dicho lo cual, el mozuelo empezaba á rebrincar sobre las matas, y el animal, como compartiendo la alegría de su amigo, triscaba, saltando ambos satisfechos como dos camaradas que en horas de asueto se entregan á la alegría de los músculos, que también suelen tenerlas como el alma. Aquella comunicación constante, aquella vida común, estableció una especie de fraternidad que se traducía en aumentos visibles del instinto del animal y en notorias obscuridades de la inteligencia del muchacho. Este á veces, sobre todo por las noches, antes de dormirse, cometía la insensatez de tratar á Lucero como si fuera un racional. Le hablaba de las cosas que habían visto y procuraba consolarle de los trabajos sufridos, ofreciéndole para lo futuro días mejores. ¡Ya verás, ya verás! Si yo reúno alguna vez dinero, te compro al tío Juan Manuel y te dejo tranquilo. Tú eres ya viejo y yo puedo ganarlo para los dos. Ya verás, Lucero, qué descanso tan grande vas á tener Y es lo más curioso del caso que á lo mejor el asno interrumpía estas pláticas refregando su cabeza con el cuerpo del niño como si efectivamente comprendiera todo aquello y lo estimara, en un arranque de honda, de íntima ternura. Pero aquella amistad, aquel afecto, lo que fuese, se vio interrumpido de pronto por un accidente, el más triste que pudo ocurrir á los dos compañeros. Manolico una mañana sintióse enfermo y no se pudo mover del montón de paja que le servía de lecho. Ei tío Juan Manuel aguardó un par de días para que el chiquillo