Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Newton, Shakespeare, Pascal, Descartes, Moliere, Goethe, Schiller, Gaass, Galileo, Cervantes, Calderón, Lope, Quevedo, para no citar más que unos cuantos, fueron siglos felices, sólo por haber tenido tales compafieros de infancia; ellos bastan para perdonar errores, absolver de culpas, y hasta olvidar desdichas. Las buenas compañías purifican y ennoblecen á los niños; las malas compañías los pervierten y los precipitan en el mal; déjese de ambiciosos, asesinos, traidores y locos, y acompáñese del obrero que trabaja, del sabio que piensa, del genio que crea. Hasta tal punto es verdad todo esto, que los siglos pierden su nombre y toman el de tales compañeros de sus primeros años, y se dice: el siglo de Cervantes, el siglo de Newton, sin acordarse del número romano que lleven. Y ahora que el siglo es chiquitito, en los niños chiquititos como él debiera pensar, porque en ellos se funda su destino. Si muchos de estos niños, los pobres, se educasen mal y crecieran en la miseria y en el crimen; si en otros, los de la ciencia, se apagase toda fe en los grandes ideales, y el egoísmo se apoderara de ellos, y las extravagancias se mezclaian á sus primeros juegos, y la envidia á sus primeras faenas de hombres hechos, y el odióles envenenara la sangre, entre egoísmos y odios, ¡qué malos años e preparaban para el siglo xxl Porque no hay que olvidarlo; las pasiones no tienen paciencia; aún el siglo x x está en la cuna, como quien dice, y ya ante él se plantea el problema social. Pero es muy niño todavía, no le hablemos de cosas serias; mientras va creciendo, tomando fuerzas y comprendiendo las cosas, procuremos ir conllevando la situación: nosotros, para conllevarlas; él, para resolverlas si puede. Por hoy es un niño, y á un niño no se le deben pedir más que alegrías. Más adelante sí; á este hijo del Tiempo, como á los hijos de los hombres, se le podrán pedir muchas cosas: que sepa pensar, que sepa sentir, que sepa trabajar, pero también que sepa reír, y nunca mejor ocasión que ésta en que tan pequefiuelo le encontramos, pues ha cumplido un año. No se nos vaya á penetrar con exceso de lo sublime de su destino y se nos estire en el espacio con cara de dómine, entrecejo fruncido y labios apretados. La vida, sin la alegría y la risa, fuera muy triste, muy amanerada, muy pedantesca; en suma, muy irresistible. Aprenda el siglo xx á reir á tiempo. Pero cuenta que en la risa hay muchas profundidades y hay muchas clases de risa. Alégrese y regocíjese el siglo xx, y ríase por ser quien es ante el sol y ante los astros, pero no con la risa estúpida del idiota, no con la risa helada del excéptico, no con Ja risa despreciativa del vanidoso, ni con la risa de la orgía, que esa se mancha con las bocanadas de la embriaguez. La risa, la buena risa, es consoladora, y por eso los niños son tan simpáticos, porque saben reir. Y la Naturaleza sabe reir también, y sabe juguetear y se entrega francamente á la alegría. Ríen las auroras y ríen los campos en primavera, y las espumas son la risa, borbotones de risa de los arroyos y de las cascadas. Y sonríen las estrellas; y hasta los mares, tan enormes, tan graves y tan poderosos, tienen su sonrisa, para hacernos comprender, que hasta lo infinito, con ser tan grande, sabrá reir á ratos. Bien puede el siglo xx aprender á reir; pero no olvide que los niños que tanto ríen, á veces también lloran. Los niños saben las dos cosas á la perfección. Aprenda, pues, nuestro niño las dos cosas: reir y llorar que las dos son necesarias en la vida. Pobre del que no sepa reir; pero más pobre será todavía el que no sepa llorar. Es que tendrá un alma sin oleaje, sin crestas con espuma alegre y luminosa, sin sombras tristes y húmedas en lo más bajo de la ondulación. y alma que no tiene oleaje de risas y llantos, es charca en que fácilmente prende la podredumbre, y en vez de alegrías y lágrimas desprenderá miasmas. Con que ya le hemos dicho al primero de nuestros niños lo que se nos ha ido ocurriendo: son consejos candidos al primero de nuestros niños del último de los viejos. Lo malo es que los niños no hacen caso de lo que se les dice, y así nuestro siglo xx será lo que Dios quiera que sea. O lo que Dios no quiera, si el niño saliese travieso y holgazán en demasía. ¡Qué chasco si estuviese cansado de antemano por lo que trabajaron sus padres! En fin, allá veremos. En la frente de la juventud siempre brilla la esperanza, y en la frente de los niños aún brilla la inocencia. Con que adelante, y á la gracia de Dios. Adelante, y sea del primero de nuestros niños lo que haya de ser. Dios sobre todo, como dicen ó decían los antiguos almanaques. JOSÉ ECHEGARAY DIBUJOS DE- VÁRELA