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EL SORTEO DE, NAVIDAD. I con toda razón- puede aflrmarBe que, á pesar de 8 er Madrid un pueblo de tan escasas bellezas, le pasa lo que á esas mujeres que, careciendo de fiermosura, agradan á veces más que las hermosas, por la gracia, por la aniniación ó por la simpatía; si Madrid és siempre un pueblo simpático á la manera como lo son esas mujeres, por la movilidad de su fisonomía ó por la variedad de las expresiones que ésta reviste, pocas caras presenta la corte más interesantes y graciosas que la del día 23 de Diciembre, en que se celebra el sorteo de la Lotería de Navidad. Es por la mañana cara de ansiedad, de anhelo, del febril desorden de quien no ha dormido pensando en la fortuna que llegará, que pasará rozándonos, que acaso nos toque con una de sus alas, ó que tal vez derrame sobre nosotros todas sas larguezas. Por la tarde, invariablemente, indefectiblemente, es cara de satisfacción; porque el enfurrufiamiento que produce el desengaño entre quienes no han sacado nada del dichoso sorteo, dura unos cinco minutos, lo que se tarda en recorrer la lista de los premios y quizás en reprocharse interiormente (como hace todo jugador) el no haber acertado en la combinación ó martingala que cada cual se había forjado como muy probable. Como aquí el amor propio es lo primero, Don Quijote no quiere que nadie le conozca en la cara la decepción que ha SACANDO LOS LISTINES DK PREMIOS LOS PORTADORES DEL GORDO sufrido, y por consiguiente, la carestía en que se hallaba, se halla y s e hallará de dineros. Con su urbana alegría de siempre bromea con los gananciosos, se alegra de que los premios gordos salgan muy repartidos, hace alarde y ostentación de que nada le importa no ser el agraciado y se vuelve filosóficamente á su brasero de cisco y á su cocidito humilde. Pero como D. Quijote no es todo el mundo, ahí tienen ustedes á Rinconete y Cortadillo, que se han pasado la noche al sereno, arrimados á la pared de la Casa de la Moneda, formando la cola para vender sus puestos á los hidalgos que quieren presenciar el sorteo, y después de sacar una pesetilla á fuerza de tiritones gastando de lo suyo, es decir, del mísero pellejo, véanlos ustedes apiñados junto á la reja por donde salen los listines de los números premiados, acechando el paso de la dicha, y más allá siendo portadores de ella. Nadie ignora que el primer ciclista conocido en el mundo fué la diosa Fortuna, á quien la antigüedad representó corriendo en monociclo. Alumnos suyos son los intrépidos biciclistas portadores del gordo, descendientes de Mercurio, el dios que reparte y extiende las riquezas sin guardar nada para sí, porque va desnudo y no tiene bolsillos, arcas ni cofres. Auxiliares, en fin, de la Fortuna y de Mercurio son esos dos sujetos que calman la expectación de la muchedumbre inscribiendo el número de la suerte en el eartelón del Heraldo ante apretadísimo concurso de caballeros paseantes en corte y adoradores del Azar. Todos hacen lo mismo: se comen el húmero con los ojos, se tragan valientemente y con disimulo el desengafio y siguen paseando sus melancolías, rebozadas en los vuelos de la capa nacional. FOT. ASBWJO EL PÚBLICO ANTE EL SALÓN DEL HERALDO AL CONOCERSE EL NÚMERO PREMIADO