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í Svíft, i A fCj, ij jV H F R A G M E N T O D E (tl. A V I R G E N D E PEZI R A F A E L SANZIO FBAOMENTO D E U N C U A D R O D E ANDREA DEL SARTO FRAGMENTO D E U N C U A D R O D E GUIDO RENI Nifio un fraile y una repulgada dueña con toca blanca; y el fondo es una plaza de Brujas, la ciudad muerta. No hay en todo ello grandiosidad alguna, pero sí una simplicidad infantil y una conciencia artística que pasman. Mucho más libre y airosa es la composición del Niño Jesús en ese otro cuadro de un maestro desconocido, pero grande, de la misma escuela, un poco posterior á Memmling. En este cuadro, el Niño, sobre el regazo de la Virgen madre, se entretiene en jugar con un rosario viejo que le rodea el cuerpecillo, vestido de blanco cendal. La Virgen, que sonríe cariñosa, trata de distraer á su hijo enseñándole una fruta; pero él, obstinadamente distraído con el rosario, tiene la vista hacia arriba, es decir, hacia el cielo. Aun cuando el cuadro no tenga sino cincuenta ó sesenta años menos que el de Memmling, qué lejos nos hallamos ya de éste, de su alma de azucena, de su pobre imaginación! No abandonemos á los primitivos sin fijarnos en otro Niño Jesús, salido déla paleta de aquel robustísimo artista, maestro de maestros, pues lo fué del Ticiano, y padre de la escuela veneciana, de la cual nos vino el secreto del color y de la luz con el Griego inmortal y misterioso. El Jesús adorado por Santa Úrsula y Santa Magdalena es un niño moreno, carirredondo, embelesado, sin que sepamos á punto fijo por qué, sin chispa de malicia en el rostro ni en la postura: parece hijo de unos campesinos de Lombardla. Pero, con todo esto, no hay manera de expresar la placidez y la calma que del rostro del Niño como del de la Madre irradian. ¿Cómo vamos á expresarlo si no quedan en nuestras almas inquietas y enrevesadas de hombres modernos ni rastros de la parsimonia y de la austeridad con que debió de vivir aquel Giovanni Bellini, que trabajó hasta los noventa años, grande siempre en Venecia la grande? FRAGMENTO DE LA I S A C R A FAMILIA Todos los mencionados son niños muy niños. Vémonos ahora en presencia de un niño que tiene mucho de grande: el del cuadro de Andrea del Sarto. Para el pintor florentino, como para algunos filósofos, el Hijo de Dios representa, más que nada, la voluntad; y es de ver la expresión resuelta y el enérgico esfuerzo con que, sujeto por la Virgen, tiende los brazos hacia un ángel mancebo que hojea un gran códice. Ya se ve en el Jesús de Andrea del Sarto á un niño divino que tiene conciencia de su altísima misión humana, y arde en deseos de lanzarse á cumplirla, con la faz risueña y el ánimo satisfecho. En cambio, el Niño Jesús de Rafael, en el cuadro La Virgen del Pez, acaso por exceso de ese no sé qué divino de todos los personajes rafaelescos, parece tender una mirada protectora sobre ol género humano, simbolizado en el muchachüelo que presenta el pez. Es un Jesús grave, dulcísimo, un poco triste, un mucho conocedor de cuanto en torno suyo pasa. Pero, en este sentido, se lleva la palma el Niño Jesús pintado por Guido Eeni en su cuadro La Virgen de la Silla. Si el color deslavazado y flojo del maestro de Bolonia correspondiese á la fuerza de la concepción, nada habría comparable con ese Niño Jesús olímpico, soberbio, grave, señor del mundo, al que parece contemplar con aquellos ojos rasgados y enérgicos que emergen de una cabeza pensadora, un poco voluminosa quizás, pero en la cual cabe el pensamiento de la Creación entera. Más bien asombro que amor nos causa tan bella criatura. Difícil parece discurrir un niño más imponente, un hombre pequeño más Dios. También es difícil idear un chiquillo más humano que el pintado por Eubens en