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voluntad de cualquiera y gobernada por un reglamento que no se cunipíe jamás; Agencia que funciona en cierto palacio erigido en uno de los barrios más lujosos do la ciudad. Como detalle característico de la extravagancia 3 anqiii, extravagancia inherente á un gran exceso de civilización, hay que advertir que en ese palacio se puede entrar sin camisa, pero no sin sombrero de copa, y muchos de los que entran con aquélla están siempre temiendo que se la quiten; pero todos los que acuden á la Agencia con sombrero de copa barruntan que llevan la copa vacía. j Los habitantes de Chicago fre r cuentan la Agencia de Colocaciones para reñir en un salón por una cartería, es decir, por el usu fructo de u n a cartera, y darse grandes abrazos en otro, jurando se airi, istad eterna. Delante de los táquígr aíos se llaman perros judíos, y apenas quedan escritas es tas palabras, aunque con signos convencionales, ya están los supuestos perros judíos apodándose colegas ilustres. Esta maravillosa institución de la Agencia de Colocaciones es uno de los signos más elocuentes del progreso logrado en la adelantadísima ciudad yanqui; pero aún hay rnás datos de; mostrativos del inconcebible graCASA DE JUEGO do de culturE quo alcauza la Urbe vecina del lago de Michigan. E! juego, á semejanza del préstamo, es para nosotros ios latinos un vicio vitando. ¡Error crasísimo de una moral hipócrital Al juego, como al prédtamo, han levantado los cultos habitantes ae Porcópolis magnífico edificio, dentro del cual se talla en horas ofiiáales, y fuera del que se publican los resultados de cada jugada para satisficcióa de los gananciosos é ira y crujir de dientes de los jugadores desafortunados. Eu esa soberbia mansión del juego, denominada BMa de los que no la tienen, se apunta no sólo á la sota ó al caballo del día, sino á la sota ó al caballo de fin de mes, y los personajes principales de Chicago se preocupan machísimo de que las posturas sean cada vez más considerables, aunque después, resulten excesivamente airosas... porque una racha de aire, se lleve á los banqueros y á los puntos. Nos falta espacio suficiente para trazar como desearíamos el admirable esquema de la civilización de Chicago. Biste una última demostración. En las calles y en los sitios públicos de la maravillosa ciudad norteamericana están terminantemente prohibidas las palabras malsonantes, las interjecciones demasiado enérgicas y las repulsivas blasfemias. Pues bien; la municipalidad alberga á todos l) s individuos que incurren en ese vicio ó defecto de lenguaje en un tétrico palacete llamado cffláemía áe 6 te (jOT! Js, imponiéndoles la pena de redactar en sus ratos de ocio un gran diccionario de la lengua sucia, y para curarlos de la miseria que mancha la suya les impone con el mayor rigor las dietas, siendo inconcebible hasta qué punto los aludidos blasfemos se acostumbran á esta medida higiénica, deseándola como el úuico procedimiento que conduce á la inmortalidad. Todo es grande, todo es maravilloso, todo es extraordinario en la inadjetivable ciudad yanqui. Cuarenta y una líneas férreas le ponen en comunicación con el resto. de los Estados Unidos, y en sus diferentes estacio- nes entran al día novecientos tre nes con novecientos minutos cada uno de retraso. El río Chicago, que hace un par de lustros apenas llevaba agua suficiente para lavar los desperdicios del ganado de cerda, es, hoy canalizado, una magnífica vía fluvial, cuya agua sacúdela hélice de innumerables vapores. El hermoso puente que encabeza estas líneas une las dos orillas del río Chicago, como pudiera unir los dos tendederos opuestos de nuestro humilde Manzanares. Al regresar el turista español de Chicago y encontrarse nuevamente eñ Madrid, punzadorapena horada su corazón. ¡Cuándo lograremos equipararnos á ella en civi lización y cultural El 28 de Diciembre de cual quier afio del siglo próximo. ¡Antes, imposible! P. P. W. FOT. ASENJO ACADBAUA DE BLASFEMOS