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que se pasean delante del palacito de invierno; salada al pueblo de Bearne en nombre de sus reyes, que después lo fueron de Francia, gracias al audaz Enrique. El Palacio de Invierno es una construcción moderna, menos sólida que elegante, de la cual se hubiera burlado el robusto Bearnés. ¡Serla cosa de verle, si resucitara, rompiendo á puñetazos las cristalerías del palmarium ó invernadero de palmeras, uno de los mejores del mundo por las rareras de las especies y tipos de coniferas en él conservadosl ¿Qué diría el despreocupado monarca al ver invadida por protestantes y cismáticos toda aquella tierra que él hizo católica para alzarse con el cetro francés? Pero dejémonos de invernáculos y estufas y sigamos paseando por el parque, un bosque enorme, rodeado de verdes praderas. Siempre acompafiados por muestro Taine, paseemos por aquellas largas calles solitarias, soberbias columnatas de encinas donde cantan bandos de pajarillos; paseemos, aspirando los variados ó intensos perfumes de las abundantísimas floPLAZA REAL Y ESTATUA DE ENRIQUE IV res silvestres que crecen en las escarpadas orillas del Gave. Volvamos hacia la explanada del castillo. ¡Admirable punto de vista! La corriente del río reverbera como una cinta de brillantes; la cadena larguísima de los Pirineos se estremece de placer á las caricias del sol. La transparencia de la atmósfera es grandísima. En medio de la cordillera se alza el pico del Mediodía de Ossau como un cono de nieve. El paisaje es de una encantadora pureza de líneas, de una hermosura serena y alegre. Pero no sólo dé paisajes vive el hombre. Volvamos la vista hacia la Plaza Real, contemplemos la estatua del rey bearnés, que armado de punta en blanco y apoyado en su buen mandoble, nos mira. Nuestro compañero Taine nos hace observar que el Enrique IV de la estatua parece un poco triste y aburrido entre tanto inglés y tanto ruso. Evidentemente, en la estatua no hallamos la fiereza y la osadía que caracterizaban al vert- galant, ni aquella su manera soberbia de mofarse del mundo entero, ni su altanería indomable, ni el resquicio de grosería que le quedó en el carácter, como un apagado tufillo del ajo que su abuelo le restregó al nacer. Demos por fin un vistazo á la moderna plaza Grammont; reconozcamos las estatuas de los dos guerreros Bosquet y Bourbaki, y ya hemos visto Pau; y si este verano vuelven á subir los francos... ya, que nos quiten lo bailado. WHITE BLACK F O T 1. A R N A U D PLAZA GRAMMONT V ESTATUA D E BOSQUBT