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t, 9 X X ÍS S A- í í N í v. H V n i m i A. I FV ti -li S nrHt M m: V, í x rí Lv. m Viifk ÍJL, í- vi P ÍJ r íff BL P A ACIO DE INVIBRNO se r EL f Al. MARIL M íi l ERN A l t! Kl x 3 dio á medio. Yo te prometo llevarte á un sitio donde vamos á disfrutar de una temperatura malaguefia, al otro lado de loa Pirineos: en el pintoresco valle de Ossau. Pero hombre, si parece imposible que no te acuerdes de que allí, en ese valle y en la población más bonita de él, estuvieron hace aüos, cuando aún no había que pagar nada en oro, tu tío el banquero, tus amigas las de Perengánez, y ¿quién más? Si hasta creo que te hablaron de Pau el peluquero ó el sastre, hartándose de ponderarle el castillo de Enrique IV, y te irritaste mucho porque el rapista, ochándoselas de erudito, quiso contarte como un chiste aquello de la gallina que el roy bearnéfi quería ver á diario en el puchero do cada uno de sus subditos, y la famosa frasecita de Pan s hien vale una misa, etc. etc. Ea, vaajonos á Pau, pero no vayamos solos. Como prudentes, dejémonos accuipafiar por el gran Taine, el que hizo de los viajes un arte delicioso y i na uiencia refinadísima. Si quieres descripciones admirables de lo que vas á ver, prepárate con el Viaje á los Pirineos, del insigne crítico é historiador. Él nos conducirá al través de la hermosa cuenca del Gave, por los escarpados caminos que cruzan carretas de lefia tosca, guiadas por aldeanos con calzones azules, jubón de lana y boina de rapado veludillo, ancha de vuelo. Llegamos cerca de la ciudad, que, como todos los antiguos pueblos feudales, ha ido apifiándose desde tiempo inmemorial, desde hace nueve ó diez siglos, en torno del castillo, como se apiñan los hijuelos en derredor de la llueca para que los cobije y proteja; así las casas parecen mirar á la fortaleza, empinándose, poniéndose de puntillas. Son ios humildes vasallos que, arrodillados ante el señor, alzan su vista para mirarle la cara. Por supuesto, que hablamos de la ciudad vieja, no de los barrios modernos, donde todo es corrección y atildamiento británico. El castillo, enorme, presuntuoso, unido á la ciudad por un puente viejo y al parque por otro puente de construcción moderna, lo visitaremos de prisa, sin quedarnos pasmados y boquiabiertos ante ios arcenes labrados, ante los relojes de complicada imaginería, ni ante la concha de tortuga que sirvió de cuna á Enrique IV el bearnés, ilustre fundador de la dinastía borbónica, ni siquiera ante el lecho donde vino al mundo el propio monarca, en cumplimiento de la promesa que de darle á luz en Pau había hecho su madre la reina de Navarra y vizcondesa deBearne dofia Juana de Albret, princesa que, según el cronista Agripa d Áubigné, no tenía de mujer sino el sexo, pues su alma entera entregaba á las cosas varoniles, su poderoso espíritu á las grandes empresas, su invencible corazón á las adversidades. En esta wala del castillo donde estamos, lector, cantando una vieja balada bearne. a, dio á luz la valerosa dofia Juana. Su padre cogió al nieto reciennacido, le frotó los labios con una cabeza de ajo, le echó en) a boca unas gotitaa de vino de Jurangon, y se lo llevó á su cuarto envuelto en una bata. El abuelo crió al chico á la bearnesa, burlándose de los mimos y delicadezas de los franceses. Por este parque que recorremos ahora, jardín incomparable, digno do recordarse aun por quien baya visitado los jardines de Cintra y la huerta de Murcia; por este parque, digo, correteaba con los pies descalzos y la cabeza desnuda, hasta que fué un hombre, el gran Enrique IV, rayo de la guerra, alma de acero, gran escéptico y monarca óptimo. Esa estatua alegórica, que muy bien pudiera representar al poeta Clemente Marot, no creas que saluda á las misses inglesas ni á los señorones rusos Wíf iiüJ fii t iSíC JE. I A- TM n V I S T A GENER. VL DE. P A U