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aqaella trama infernal con una sentencia vergonzosa, por a que se vio apartado del Ejército y privado del trato de las gentes pundonorosas. No puedo afirmar en justicia si era ó no responsable moralmente de los hechos que le imputaban, porque nuestro coronel creía que los militares no se hallaban sujetos á otra obligación que á la de exponer su vida; despreciaba la contabilidad ccmo cosa impropia del ejercicio noble de las armas; no era codicioso, sino liberal y pródigo; á tal extremo, que en materia de dinero su falta de escrúpulo antes arraigaba en altivo desdén que en perversidad moral, por cuya causa á su sombra debieron tramarse algunos feos manejos. Lo cierto fué que con el terrible fallo se vio menospreciado de todo el mundo; perdida su carrera, la consideración de las gentes, el aprecio de sus antiguos camaradas, y, lo que fué más doloroso para él, del amor de sus hijos, que, militares ante todo, sentían rubor y vergüenza del baldón que había arrojado su padre sobro un apellido que ostentaban ellos puro y sin mancha. Retiróse el coronel, b. ijo l.i pe- ailiüiihri. iK ii nmar gura, á una humilde car- ui- lia cxtraviiKla en lo. -i ni; i. imbres suburbios de Madrid, ú lunlie veía, lüi lic le VÍMÍUIba, y devorando sus panas, dejaba tnmsiurrir las liDra- en aflictivas soledades, niienfras lus cjds -jp le cubrían de lágrimas y su memoria evoca. bala felicidad de los pasadas tiempos. Era tan grande la vergüenza que sentía de sí mismo, que en vez de Fernando Lanzagorta y García, se firmaba sólo Fernando L. García, para que su apellido no recordara á la malevo lencia la mengua que le empafiaba; pero tan angustiosa situación no pudo prolongarse m á s tiempo sin q u e b r a n t a r su salud y poner en grave riesgo su existencia. Cayó, pues, enfermo, s i n q u e- iítj- i nadie se acordara de él ni le atendiera en su terrible n e c e s i d a d hasta que un día la mujer que le cuidaba le pasó una tarjeta. Leyóla el coronel con avidez, y vio que decía: FBDEEICO L GARCÍA. ¿Quién será? -exclamó el coronel; y luego añadió: -Que entre quien sea. Ni el padre ni el hijo se reconocieron en el primer momento; tan envejecido estaba uno y tan alto y barbado el otro; pero cuando el mozo se arrojó en sus brazos exclamando: ¡Padre de mi almal- -entonces una voz secreta, más que los sentidos, dijo al coronel: -Este es aquel pobre muchacho á quien arrojaste de tu casa y á quien prohibiste llevar tu nombre. -Hijo, ¿tú no te avergüenzas de mí? -Yo no, padre- -exclamó Federico; -yo no creo que usted haya hecho nada malo; pero, aun cuando así fuera, tengo demasiado corazón para despreciar al hombre que me ha dado la vida. ¡Quién había de decir que al prohibirte que llevaras mi apellido te libraba de la deshonra! ¡Este es un castigo del cielo! Yo he menospreciado siempre la ternura, y ahora veo que es el más rico galardón del alma ¡Perdóname, hijo mío! Los dos Garcías se abrazaron amorosamente por primera vez en su vida. EAFAEL TOREÓME DIBUJOS DE ALBEKTI