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LOS DOS GARCÍAS L coronel del regimiento de Candespina era hombre enérgico, valeroso, despreocupado; de aquellos que piensan que la ciencia militar se reduce al personal esfuerzo y á la temeridad bastante para ponerse al frente de las tropas y esclamar con arrojo: ¡A ellosl- -aventurando los soldados á la espantosa lotería de las balas, con la cual condición y alguna disciplina necesaria para la obediencia irreflexiva, ya no precisa al buen soldado ninguna otra virtud de suficiencia ó escrupulosidad. Tuvo cinco hijos, de los cuales á cuatro educó en tales doctrinas, que él creía las más elevadas y castizas; les hizo ingresar en la Academia de Infantería, y les amaba al ver en ellos los dignos herederos de su sangre; pero al me ñor de todos, llamado Federico, jamás le pudo reducir á sus costumbres. El muchacho era tí mido como una corza; aborrecía por instinto la vida militar, y gustaba más de los cuentos místicos de su tía Consuelo que de las narraciones belicosas de su padre. El coronel sentía por el desdichado niño cierta compasión, que degeneró al fin en menosprecio cuando con los años se acentuó más el carácter pusilánime y encogido de Federico; por tal manera, que le afligía cotidianamente con burlas sangrientas ó feroces castigos, hasta que la cuñada del coronel, que era viudo, al ver á su pobre sobrino tratado con tal dureza, propuso encargarse de la educación del niño y llevarle á su casa, á lo cual accedió el padre muy gustosamente. Encomendado quedó, pues, Federico á la dirección de aquella buena señora, que despertó en su alma los más tiernos sentimientos, y no volvió su padre á verle hasta que un día le encontró llorando cerca del colegio adonde iba. ¿Qué te pasa, muchacho? -preguntóle el padre con su habitual desabrimiento. -Que me ha golpeado uno de mis condiscípulos, -respondió Federico haciendo pucheros. -Y tú ¿qué has hecho? ¿No te has defendido? -Yo- ¡Te dejas abofetearl- -esclamó el coronel lleno de rabia. Un hombre de quince años tolera que le atrepellen impunemente! ¡Y llevas tú mi apellido! Y tienes tú mi sangre! ¡Imposible! ¡Mira, en adelante, en vez de firmar Federico Lanzagorta y García, flrmas tan sólo Federico L. García; porque los Garcías son muchos y llevarán con paciencia la pesadumbre de un mentecato más. Terminado tan brutal apostrofe, por el cual excluía de su familia al desdichado niño después de haberle arrojado de su casa, se alejó el coronel gallardamente, exclamando para sus adentros: ¡Qué diferencia entre este niño y mis otros hijos! Aquéllos tienen sagacidad, viveza, coraje, la malicia necesaria para la lucha por la existencia: algunos disgustos me dan con sus vicies y calaveradas, pero son unos hombres, mientras que este pobre diablo parece el último engendro de una naturaleza degenerada. ¡Cómo ha de ser) Cuando estallaron nuestras guerras coloniales, el coronel se apresuró á demandar un puesto de honor en el combate, y se alejó de España y se batió valerosamente, con la desgracia de que las balas respetasen su vida; y digo la desgracia, porque después que sobrevino la catástrofe, exigieron al coronel y á otros compañeros suyos ciertas responsabilidades sobre la administración de sus regimientos, á las cuales no pudo responder satisfactoriamente el Sr. Lanzagorta ante el tribunal de honor que se constituyó para juzgarle, concluyendo