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fijado en que el matrimonio es cosa seria, la más seria de la vida. He ido á él como se va á una comida ó á un sarao. Ahora veo que no tengo derecho á casarme. Le diré la verdad á Nina. Es lo mejor Antes de saltar al precipicio, retroceder. No sin lucha se dacidíó Granja á realizar este acto de sinceridad inusitado. Adivinaba lá estrañeza y los comentarios, el remolino de escándalo que levanta al desbaratarse una boda; presentíalas reconvenciones de los padres, dolíale el bochorno de la novia. Con todo eso, iba determinado ya. Hablaría con lisura, francamente; haría todas las reservas y daría todas las explicaciones que pudiese apetecer el amor propio, hasta la vanidad d Nina; proclamaría la verdad á gritos, ó si era preciso la reemplazaría con la mentirá más cónvéníeate y discreta; se declararía arruinado, enfermo, vicioso, lo que quisiesen y le impusiesen; pero rompería la boda. I Ah, eí, la rompería! í; Y subía la escalera del bonito palacete de los Valtierra, detenido á cada peldaño por una felicitación, un apretóa de manos, una frase de amabilidad dé los que acudían á admirar las vistas ó se volvían habiéndolas admirado. Al pronto Oayp no entendía; tardó en hacerse cargo del motivo áa tantas enhorabuenas. Oiiando acordó, sintió una especie de golpe allá dentro, parecido á brusco encontronazo con la realidad. ¡Las vistas! Sí, aquel día se enseñaban; ¿Tan pronto? ¡Sin duda se había adelantado la fecha! Nina decía la víspera riendo: ¡Quiá! Ni en ocho días es posible qué se exponga eltrmsseau. Falta una infinidad de cosas. Sólo por milagro 5 El milagro estaba allí: el trousseau, completo, se exponía desde las tres de la tarde y eran las seis. Aturdido, Cayo penetró, siguiendo la corriente de los extraños, en el salón azul, y miró alrededor coa género de curiosidad, como se mira lo que no noa afecta personalmente. Le asombró la cantidad, la calidad de lo expuesto, y esta idea, que el novio no formulaba, se encargó de expresarla eii alta voz Perico Gonzalvo, él cual, tocándole familiarmente en el hombro á Oayo, dijo con éxtasis: ¡Chico! ¡Menuda sangría al bolsillo de los papásl Sí, todo aquello debía de haber costado mucho, una atrocidad de dinero. Aunque los hombres, oficialmente, no entienden de trapos, el hábito y el roce de la sociedad les convierten en expertos, casi en modistos. Telas, guarniciones, cintas, bordados, pieles, se les presentan con su valor, con su cifra al frente: son dinero gastado. ¡Vaya si se habían corrido en los preparativos de la boda! Nunca se acababa de ver preciosidades: lo murmuraban con halagüeño y suave rwn- run las señoras que iban desfilando, echando por última vez los lentecitos de concha á los tableros cargados de magnificencias. Cayo sentía lo que siente, si es artista, el que va á destruir, á arrasar algo bello y suntuoso. Dos palabras de su boca, un no quieroi, y el soberbio trousseau queda inútil, perdido, materia explotable para las revendedoras. Esta preocupación aumentó al pasar al gabinete donde Nina, radiante, enseñaba á sus amigas regalos y alhajas. De los abiertos estuches, donde centelleaba la pedrería; de los reflejos lisos y fulgurantes de la plata; del sutil y elegante contorno de los abanicos abiertos, mostrando el incrustado varillaje y las artísticas pinturas del país; de los brazaletes que han de ceñir la muñeca; de las cadenas que han de rodear el cuello, se desprendía, se elevaba al concepto de algo definitivo, consumado, irreparable. Cayo pensaba oír como le decían los objetos: Tonto, ¿pero tú crees que no te has casado ya? Reflexiona. Tanto como la bendición del cura, tanto como las fórmulas de la ley, y antes mí l: i- í i S. á que todo ello casamos nosotros. Las vistas son ya el matrimonio hecho y derecho; las cifras bordadas y entrelazadas de tu nombre y el de tu futura, no permiten que separéis vuestros destinos. No sueñes con romper lo que unieron modistas, sastres, diamantistas y bordadoras. Te acordaste tarde. Eres marido, eres consorte- se han realizado tus nupcias. Y Cayo, pensativo, opriniido el corazón, hizo un movimiento de hombros como quien dice al agua j y se acercó al grupo, donde Nina le sonreía lo mismo que acababa de sonreír á los demás. DIBUJOS BE MÉNDEZ BRINCA EMILIA PARDO BAZÁN