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f) A Í (HISTÓBICO) una mañana temprano penetró en la biblioteca, no sé si del Ateneo, del Casino ó de la Peña, un señor de aspecto grave, de simpática presencia, bajo de estatura, escuálido, faz enjuta y macilenta, con antiparras de oro, triste mirada é inquieta, mucho pelo y en desorden; en fin, con las apariencias del hombre á quien el estudio consume, agota y desvela. ¿Es usté el bibliotecario? -Yo soy: ¿qué es lo que desea? -Enterarme de un asunto que hoy publica la Gaceta. -Aquí la tiene; ésta es. -Mil gracias Ahora quisiera tres ó cuatro diccionarios, si es que á usted no le molesta- -Con mucho gusto. -Este debe ser una persona seria, -murinuró el bibliotecario sin qiie ninguno le oyera; y aún añadió estas razones que no carecen de fuerza: i Cuando pide diccionarios, no cabe duda, es que piensa empaparse en el examen y deducir consecuencias de alguna ley ó decreto que al bien público interesa. Me gustan á mí estos hombres que honran á las bibliotecas, y no aquellos botarates que aquí vienen con la idea de leer libros taurinos ó romances y novelas. Y volviéndose en seguida al señor de referencia, le habló del siguiente modo: -Usted dirá de qué lenguas han de ser los diccionarios: alemana, portuguesa, italiana ó española. -Igual me da: de cualquiera. Es para sentarme en ellos, porque no alcanzo á la mesa. ¡Cuántos hay qiie gozan fama fie doctores en las ciencias, porque se les ve á menudo manejar obras maestras, y resulta que después ni las estudian ni aprecian, utilizándolas sólo para alcanzar á la mesal TOMÁS L U C E Ñ O