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-Dándonos un tantico de lo que os sobra, -repliqué. -Perdone, hermano, por Dios, que los pobres hijos de San Francisco no poseemos sino este tosco sayal. -Pues de eso se trata, reverendo padre. -No os chancéis, hermanos. ¿Seríais capaces de dejarme en cueros? -Así anduvo nuestro padre Adán, sin ser franciscano- -repliqué entre las risas de los franceses; -pero no queremos tanto; nos contentamos con el cordón como reliquia. -No como reliquia, que siervo de Dios, no soy santo; pero si os es útil, tomadlo, que yo no lo hé menester para absolver á un moribundo. -Y quitándose el cordón, sin deshacer su nudo corredizo, me lo entregó. Apenas lo tuve en las manos lo eché con tal rapidez al cuello del granadero que tenía más cerca, y tiré con violencia tal, que vino al suelo rodando y soltando el fusil por llevarse á la garganta las manos, mientras su morrión era despedido á gran distancia y de sus labios solamente se escapaba una especie de ronquido sordo que apenas llegaba á mis oídos. Yo le arrastraba, porque el lazo no se aflojase, dando vueltas para no apartarme de aquel lugar; y entre tanto y simultáneamente con mi ataque, Manuel había echado sus dedos, que debían ser como garfios, al cuello del otro soldado, igualmente imposibilitado de gritar, pero que luchando por desasirse con una mano, no soltaba el fusil con la otra, siquiera no pudiese esgrimirle contra aquel enemigo que, adherido á él, le embarazaba todo movimiento. No fué larga la lucha, porque Lola, saliendo con Pepilla del hueco de una puerta, y viendo que los pañuelos que yo había encargado eran inútiles, tomó su partido, y arrancando de un tirón el fusil al que luchaba con su marido, dióle tal culatazo en la cabeza, que no necesitó el segundo. Manuel, al ver desplomarse inerte al coloso que tenía entre sus manos, arrebató el fusil de las de su mujer, y corriendo hacia mí, concluyó de un golpe con el que ya estaba casi asfixiado. Entretanto Pepilla habla desatado las manos á su padre, que ya estaba libre; pero nuestra hazaña por salvarle podía ahora costamos la vida á todos cinco. No había un minuto que perder; así que hice á mis dos auxiliares que cada cual por su lado, y atendiendo al papel que les había indicado, procurasen llegar á casa presto y que rae dejasen solo con el zapatero y la madroñera. Preguntó al tío Isidro si por allí tenía algún amigo en quien poder íiar, y como viviese en el callejón de las Negras un su compadre, portero del Consejo de Castilla, me pareció de perlas el refugio, y allá nos fuimos más que á paso. Nuestra buena estrella era evidente; porque no habiendo el tal portero ido á dormir á su casa, retenido sin duda por órdenes dadas á consecuencia de los sucesos del día, su mujer, atenta á cuantos ruidos viniesen de la calle, entreabrió ráa ventana al oir nuestros pasoo, y al darse á conocer Pépillá y su padre, franqueó la puerta apresuradamente, sin que tuviéramos necesi. dad de aporrearla, exponiéndonos államar. la atención de una patrulla. Allí ocultos pasamos lá noche y cinco días, más, mientras por todas partes nos buscaban al tío Isidro y á mí, y hasta allí viüierón á nuestros- oídos- los malditos ecos del bando neroniano de Murat y la repercusión de las descargas con que en la Montaña del Príncipe Pío los sayones de aquel bandido con uniforme barrían en montón á cientos de españoles, niños, ancianos, mujeres y gentes de toda condición inermes, empapando en sangre una tierra que, así regada, tenía que dar por fruto la desesperación y el heroísmo. I Aquellos ecos escitaban nuestra indignación, abrasaban nuestra sangre y enloquecían nuestras cabezas, considerando la infamia de los extraños y la cobarde complicidad de los propios, de aquéllos que desde la Junta y desde la Oápitania todavía insiiltaban al pueblo heroico, ametrallado en su orfandad y abandono. Dios sabe, sin su miserable conducta, lo que aquella jornada hubiera sido para las gentes de Bonapartel V Yo no sé, ni he podido saber nunca, cómo fray Asensio Nebot (1) que accidentalmente se hallaba en mi convento por los días en que abandoné el noviciado, conoció aquella mi primera hazaña y el lugar de mi escondrijo. Ello es que, en la mañana del 7, dando un susto soberano á la dueña de la casa, se presentó disfrazado de arriero maragato preguntando por mí. Lo que entre ambos se habló puede suponerse con decir que aquélla noche fray Asensio, Pepilla, su padre y yo, caminábamos en sendos mulos, llevando por delante buena recua, convertidos todos tres en maragatos y con nuestros pasaportes en regla, salvo nombres que no eran los nuestros. Honrados trajineros, conducíamos jamones, cecina, embutidos y no sé cuántas cosas al reino de Vaíericia y llevábanlos por ende una viajera que huérfana y sola marchaba á casa de unos tíos en Torrente, según rezaba el pase de Pepilla. Ya se notaban por todas partes los chispazos de aquella hoguera encendida el 2 de Mayo por el pueblo de Madrid. Todo el país invadido se disponía en distintas formas, dentro de su pequenez, á rechazar al coloso. Si no era posible luchar con dientes: como el león en los campos, el soldado; como el raposo en donde quiera, el el hogar. Ja mujer patriota. Y así se luchó años y años, solos primero, aconipañados randet? imperios levantaron mil veces el vuelo fugitivo ante un puñado de hombres ailén, Figueras, Arapiles, Arlaban, Vitoria y otros cien lugares que su amo no era 7 aterloo para tumba de lá ambición más grande que han conocido los siglos. e nuestros pasaportes, temiendo ser descubiertos; y aunque entonces no había esos I I -i 1 icias corren más que él viento, tenían nuestros enemigos caballos que andaban más i! sii i u. oJ TM ¡Bvi J- Ú! alla 8; así que cuando al llegar á Minglanilla nos advirtieron de que nos iban alalcance, conociendo ya nuestro disfraz y nuestro número, tuvimos que abandonar aquél y separarnos. Allí quedó, pues, el tío Isidro convertido en respetable padre de almas, al amparo del que lo era en verdad, y confiado á la nobleza de los vecinos del pueblo, así como Pepilla hecha una fregona de la maestra de niñas, mientras fray Asensio siendo un andrajoso mendigo sucio, cojo y torpe, y yo un medio chalán esquilador á quien no hubiera conocido su propio padre, seguíamos nuestro camino, cada cual por su lado, creyendo reunimos todos de allí á pocos días en Valencia. Las cosas suelen ocurrir de modo distinto de como se proyectan, y la tal reunión tardó en llegar muy cerca de cuatro años, en los que á veces pasaban meses y más meses sin que Pepilla ni yo supiésemos uno de otro. Aquel tío Isidro, que después de quemar cien cartuchos en la puerta del Parque al lado de Velarde el día 2 de Mayo, escapó de la matanza ordenada por Murat, agobiado con el peso de los años y lejos del único suelo que habían pisado sus pies desde el bautismo, no resistió los rigores del hambre en elaño terrible, aquel en que el pan llegó á valer doce reales, cuya carestía, debida á los desvelos de nuestros amables huéspedes, produjo más víctimas que la propia guerra. No faltó mucho á la hija para correr la suerte del padre infortunado; pero su juventud dióle resistencia, y el saber yo á tiempo su estado de miseria, fué una dicha para ella y para mí, queriendo la suerte que aquel trance me sorprendiera con Oro en la bolsa, no siempre tan repleta. ¡Cuánto había yo corrido, qué de penalidades aguantado y qué de peligros sufrido desde el día en que me separé de Pepilla y de su padre para no volver jamás á ver á éste y para unirme á aquélla después de tanto tiempo, tan lejos de nuestra casa y en tan azarosos día sl No había ya rincón de España en donde ora huyendo, ora acosando al invasor, no hubiera puesto mis plantas; primero en la guerrilla del fraile Nebot, luego en la del Empecinado, y en la de Espoz y Mina por último; recorriendo Valencia con el primero, Castilla y la Mancha con el segundo, y Navarra y Aragón con D. Francisco. Cuando recibí la nueva de la miseria y orfandad de Pepilla, allá fué con todo mi dinero el ruego de que viniera á unirse á mí, á un punto cercano de donde con Mina nos movíamos, siendo pesadilla y terror de los imperiales. (1) Célebre franciscano que levantó en Valencia una guerrilla con la que dio no poco que hacer á las huestes napoleónicas.